El drama i la lliçó humana de Kos

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Amigos y amigas. Desafortunadamente, el último post de nuestro memorable viaje a Grecia está lleno de tristeza, desesperación, resignación y rabia. Los últimos días han sido los más difíciles del viaje y, probablemente, de nuestras vidas. En la isla de Kos hemos vivido desde primera línea el drama humanitario más grande que ha vivido Europa desde la II Guerra Mundial. Las costas de las diminutas islas griegas fronterizas con Turquía son, a día de hoy, el reflejo directo del desastre que crea la guerra y la pobreza extrema, ocasionada mayoritariamente por los chanchullos de los mandatarios que mueven los hilos del mundo a su antojo.Cos (76)DSC_0028

Este relato es únicamente una reflexión personal sobre lo ocurrido en las últimas jornadas. En breves, podréis leer un reportaje extenso y completo sobre los hechos, acompañados de una potentísima galería fotográfica a cargo de Georgi. A nivel personal y profesional, estoy más que satisfecho por el trabajo realizado. Como periodista, he podido desarrollar a fondo mi trabajo, he hablado con todas las partes implicadas -refugiados, ong’s, UNCHR, voluntarios, griegos, etc- y he logrado completar un relato potente y necesario. En lo personal, estamos derruidos y extenuados. Hemos pasado largas noches recorriendo el litoral, esperando la continua llegada de los balsas, hablando y mimando a los que llegaban con terribles historias a sus espaldas.

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Durante el desarrollo de los hechos, nos mantuvimos serenos y seguros. Los refugiados y migrantes llegan exhaustos, traumatizados, mojados y hambrientos. No saben que será de ellos. Aquí no reciben ninguna información y la ayuda humanitaria es escasa y pésimamente gestionada. Ante esta situación, era imprescindible mantener la compostura y no mostrarse débil. Son ellos quienes están sufriendo lo peor. Aún así, las últimas noches viví terribles pesadillas, fruto del estrés acumulado y las imágenes presenciadas. Cuando ves a bebés recién nacidos en brazos de sus frágiles padres entiendes que el mundo está mal, muy mal. Y esta vez no ocurre en lejanas guerras subsaharianas, terribles dictaduras islámicas o guerras de guerrillas que siguen sacudiendo el mundo. Ahora ocurre ante nuestros ojos, ante nuestras playas. En nuestro amado Mediterráneo.

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Dejémonos de tonterías. Basta de sensacionalismo y de postureo político. Las declaraciones de solidaridad y las pancartas son muy bonitas, pero sobre el terreno nada de esto sirve. Estamos indignados con nuestros gobiernos y agencias de supuesta ayuda humanitaria, que a la postre terminan siendo instituciones burocratizadas, con decenas de empleados incapaces de ponerse al pie del cañón para contribuir a paliar este desastre. Pedimos a nuestros dirigentes que se dejen de aportar fondos económicos y trailers llenos de ayuda. Lo que se necesita es hacer un diagnóstico real del problema, y enviar gente con capacidad y con ganas de organizar el reparto y facilitar la acogida de los sufridos recién llegados.

Nos da asco y rabia ver cómo desde los cómodos despachos de Bruselas nuestros ministros deciden cuantos cientos de refugiados se quedan y los euros que donará cada uno por la causa. Mientras, la venta de armas sigue disparándose y la industria sigue lucrándose con la protección y beneplácito de nuestros gobiernos. Basta de hipocresía. Basta de reuniones de urgencia. Basta de asambleas inútiles de Naciones Unidas.
Aquí hemos constatado que el drama va más allá de los desolados sirios. Aquí llegan afganos, pakistaníes y bangladesíes, que al no ser considerados como refugiados lo tienen aún peor si cabe. Los tratan como animales. Les tiran comida y tiendas y que se apañen. Si, lo necesitan, pero no de este modo. Lo que necesitan es afecto, comprensión y mucho amor. Que nos sentemos con ellos, hablemos, sonriamos y juguemos. Conocernos unos a los otros, y comprobar que, más allá de religiones y naciones, todos somos seres humanos con sueños y necesidades compartidas. ¿Somos capaces de imaginar que un día podríamos ser nosotros los que huimos con lo puesto, con nuestros bebés en brazos, sorteando mares, vallas y balazos?

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En breves instantes tomamos el ferry de Kos a Atenas, que se prevé movido. Son centenares de refugiados los que toman esta vía a diario para continuar con su travesía. La mayoría son conscientes de que se acerca el frío, y que las vallas cada vez son más altas. Pero no tienen otra. Y muchos siguen sin comprenderlos. ¿Tan difícil es habilitar pabellones, recintos y edificios abandonados para, al menos, brindar un poco de paz a toda esta gente?

Yo como periodista y Georgi como Educadora Social no podíamos evitar estar aquí y volcarnos plenamente en esto. Y nos ha absorbido por completo. A pesar de ello, hemos aprovechado algunos ratos para dar unas vueltas por la isla en moto, y corroborar de nuevo la suma belleza de este acogedor país. Kos es un pueblecito lleno de historia y de paisajes maravillosos. Y, como no, no hemos cesado en nuestro afán por deleitarnos con las exquisiteces culinarias locales. Pero creo que en este post no toca dar más detalles al respecto.

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Sin más, nos despedimos con un profundo sentimiento de dolor y compasión por toda la gente que hemos conocido. Hombres, mujeres, ancianos, niños y bebés que han conquistado nuestros corazones y con los que seguiremos en contacto. Desde estas humildes líneas les deseamos muchísima suerte, porqué la van a necesitar. Este es solo el primer paso en el frío infierno que les espera. Shalom/Salam!

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THE SUN SHINES IN GREECE

Catalans, catalanes… quins nervis! Sabemos que estáis todos enganchados a vuestros smartphones y televisores, pendientes del resultado final de las elecciones. A mi lado tengo a Georgi de los nervios siguiendo lo que pasa al minuto. A pesar de que hoy será difícil captar la atención, os instamos a que mañana, más relajados, le echéis un ojo al blog.

Os escribo sentado en un sencillo y amigable restaurante local en Fira, en la volcánica isla de Santorini, dónde como es habitual nos tratan como a sus hijos y nos alimentan con producto local, fresco y riquísimo. Los griegos nos tienen el corazón robado. Llevamos días sin contaros nada, ya que entre conexiones jodidas y excesivas relajaciones playeras se nos ha ido el santo al cielo. Pero intentaré dar un repasillo rápido al asunto. Aún así, en este post se hará valer el dicho de “una imagen vale más que mil palabras”.

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Por suerte, Merkel y la Troika escucharon nuestras plegarias y nos dieron un respiro. Las nubes volvieron a Bruselas, el sol volvió a ser protagonista y nosotros estábamos dispuestos a aprovecharlo. Hicimos valer el slogan de “Mediterráneamente”: arrancamos nuestro pequeño Fiat y viajamos por la pueblerina autopista de Creta sin rumbo definido. Vimos un letrero que ponía “Beach” no sé qué y, sin más, nos adentramos. Pleno al 15. Ante nosotros se abrió una cala rocosa, poco poblada, con un garito de submarinistas, dos o tres chiringuitos, cuatro guiris torrados y un agua azul claro con una temperatura ideal. El resto, podéis imaginarlo: plancharse al sol, leer y dormir en bucle. Que jodido será volver a la vida real…

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Elegimos restaurante al azar, aunque de antemano sabes que aquí no hay fallo. Berengenas fritas (como me las hacía mi querida Encarna, desde aquí te mando un abrazo!), queso fundido y exquisitos calamares rebozados. Pero no congelados de bolsa, calamar real. Café griego, postres y chupito  de licor casero invita la casa. En total…20€. Cada vez nos indignamos más que nuestros chiringos playeros del Maresme, que tomen nota!

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La siguiente jornada fue más de lo mismo, pero aún mejor. Salir en ruta al azar, conducir a la “griega” (es decir, como te salga de ahí) y parar en una playa. Esta vez, se llamaba “Bali”. Era un paraíso, a la vez inundado de guiris. Como siempre, nos hicimos fuertes y nos alejamos de las masas, adentrándonos entre rocosos acantilados en busca de la preciada soledad. Las fotos son para enmarcar. Comimos todavía mejor que el día anterior, ya que me anime a probar el cordero en salsa de tomate y bese el cielo. Nuestros cuerpos están dando palmas!

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Ayer tocaba cambiar de isla. Devolvimos nuestro Micromachine y tomamos un ferrie rumbo a Santorini, una de las mejores joyas del país. Llegamos con retraso, tomamos un par de buses y nos plantamos en nuestro nuevo apartamento, nuevamente a pie de una extensa playa de arena negra, alejada del ajetreo. Esto es un poco rollo Mallorca/Ibiza: es precioso, pero está terriblemente explotado por el negocio turístico, así que hay que saber moverse. Aún así, jamás hemos sentido aquello de que te están dando el palo. Los griegos son hospitalarios, nobles y agradecidos con sus visitantes.

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El paisaje invitaba a alquilar un ciclomotor y perderse por las serpenteantes y arriesgadas carreteras. En un día, hemos cruzado de arriba a abajo Santorini no se cuantas veces, con el agradable viento refrescando nuestros trayectos. El colofón fue llegar a Oia, en la punta norte, una verdadera perla mediterranea. Puedo afirmar que es el pueblo costero más bonito que he visto en mi vida. Un cadaqués pero mejor. Incrustando en las colinas volcánicas, de tonos blancos y azules, con una luz excepcional. Cada paso que das es una foto de postal. Lo mismo debían pensar los ochenta mil japos y yankis que recorrían el pueblo, más preocupados de salir bien en los selfies que en disfrutar del marco incomparable que tenían ante sí.

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Nosotros, a lo nuestro. Nuestras quechuas y el desparpajo que nos caracteriza distaban mucho del lino, los polos y el postureo de los otros turistas, que copaban las maravillosas habitaciones con piscina que descendían por la ladera de los montes. Menuda envidia nos dieron, eso sí.
El plan era disfrutar al máximo, y ver la puesta de sol desde un precioso muelle a los pies de Oia. Un verdadero lujo.

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Hoy aprovechamos para apurar la gasolina de nuestra pequeña moto, cruzar de nuevo la isla y desayunar en Fira, la capital de Santorini. Café a precio londinense, pero un paseo que merecía la pena. El mediodía y la tarde lo pasamos en una tumbona en la costa de Perivolos, al sur, con un agradable viento que nos ha permitido tostarnos de lo lindo.

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Venga, dejo de daros la chapa. Disfrutad de las imágenes tanto como estamos haciendo nosotros con estos maravillosos paisajes. No os perdáis este país, no os arrepentiréis. No hagáis caso a la Troika: los griegos saben vivir, y sus costumbres y las nuestras son primas hermanas. Cumplidas dos semanas, podemos decir que esta es nuestra casa. Love!

Creta i els núvols inesperats

Parece ser que a la Troika y la Merkel no les gustó un pelo que Alexis Tsipras renueve el cargo al frente del gobierno griego. Tras consumarse el triunfo de Syriza, los poderes fácticos europeos mandaron una horda de molestos nubarrones y bruscos chubascos a tierras helenas que llevan incordiándonos hasta este preciso momento. Amiga Angela: estamos por aquí de vacaciones, danos un respiro!

Nuestro lunes de tránsito empezaba torcido. Esperaba ajetreo: de Gythion (Peloponeso) por carretera a Atenas (5 horas), para tomar un vuelo rumbo a Creta (1hora). Madrugamos, salimos a por el único bus que unía nuestra villa costera de Mavrovouni con Gythion y, de golpe, empieza a diluviar. Rollo tormenta tropical, que nos pilló en bragas. Debía quedarme en el andén para que el bus me viera, así que en un minuto ya estaba empapado de pies a cabeza mientras Georgi se reía de mi bajo cubierto. Para colmo, cuando el bus se acercó pasó de largo, pasó de mi cara. Enojo del copón y percal a la vista. Perdíamos la conexión, el vuelo y todo. Estábamos jodidos. De repente, un honorable anciano sale del supermercado anexo y se ofrece a alcanzarnos a la estación central de Gythion. Última esperanza. Eran las 9:05 y a y 15 partía nuestro autocar.  Nos aferramos y…llegamos en el descuento! Inundados, nerviosos y emocionados subimos en el bus hacia Atenas…Ala hú-Akbar!

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Con prisas, comimos un Souvlaki -bocadillo estrella local, a base de pollo/cerdo, complementos y salsa casera- esperando otro bus al aeropuerto. Respiramos hondo, todo bajo control. Con las maletas y los ukeleles a cuestas, facturamos y pasamos el control. Nueva sorpresa: nuestro vuelo iba con retraso. La venganza de la Troika se consumaba. Aún así, nuestro avión (o avioneta tipo Indiana Jones, más bien), aterrizó sin problemas en la mítica isla de Creta. Todo en orden…hasta que salimos a por el coche alquilado y cae una tromba de agua de nuevo. Bingo: ya estábamos los dos resfriados. Sin más historia, cruzamos con nuestro flamante Fiat Panda –aka Micromachine- la capital cretense, Heraklion, hasta llegar a Amoudara, una barriada guiri de las afueras dónde nos hospedamos. Por suerte, el apartamento escogido es nuevamente un chollo: 30 € la noche entre los dos, cómodo, espacioso y con terraza. Ah, y la familia griega que lo regenta un verdadero encanto. Si venís por aquí, preguntad y os mandamos el contacto.

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Despertamos pronto y esto más que Grecia parecía Escocia. Nubarrones, lluvia gallega y aspecto de Mordor en el interior. Los planes playeros a tomar viento. Pero teníamos plan B: visitar la reconocida región vinícola de Peza, en el corazón de Creta. La guía hablaba maravillas de las factorías locales, que ofrecen recorridos por sus tierras y catas de sus vinos. Sin más, nos paramos en una fábrica en Alagni, aldea de interior de dos calles y una iglesia. Una encantadora lugareña nos explicó sus métodos: historia, métodos de recolección, mecanismos para procesar la uva, botas, variedades locales y anécdotas varias. Una chica muy maja, la verdad. Como seguía lloviendo, nos saltamos el paripé de ver los viñedos y fuimos al lío: nos plantó en una larga mesada de madera y empezó a sacar botellas por doquier. Blancos, tintos, rosados, dulces… que jolgorio. Tened en cuenta que eran solo las 12 de la mañana. Las olivas y el pan que acompañaban la cata no lograron frenar el alegre ciego matinal que nos pillamos. “Que dura es la vida”, nos decíamos el uno al otro con una marcada sonrisa en nuestros rostros. Por error -o bendición compensatoria merkeliana- la tipa sacó un tinto añejo del 2001 que valía un dineral. Como ya estaba ante nosotros, no tuvo más remedio que servirnos una copa y terminar de redondear la sesión. Pagamos 5 € por cabeza y nos largamos.

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Continuamos el plan B en Knosos, otro punto fuerte de la isla. Aquí hay otro gran palacio con grandes columnas y grandes frescos, pero también con una gran hilera de guiris ansiosos por entrar, así como una única avenida repleta de souvenirs. Como las muchedumbres extranjeras nos agobian -y ya los soportamos en la Acrópolis- pasamos de largo. Merecía más la pena ir a buscar al digno de comer. Nos plantamos en la capital, Heraklion, dónde la LonelyPlanet prometía buenos platos en el mercado central. Aparcamos de cualquier manera y pusimos la directa, que ya era tarde y los estómagos rugían. Nos sentamos en un puesto que nos dio confianza, con un anciano cocinero reposado sobre una mostrador-nevera repleto de deliciosos platos del día. En esos momento a uno se le abre un gran dilema, porqué lo pedirías todo. Apostamos por la Musaka, un tomate relleno de arroz y una burguer con queso al estilo local. Calidad precio, un 9. Aquí todo sienta bien, es ligero, con buen producto y cocción fácil (cada vez que escribo me doy cuenta de que deberíamos abrir un blog gastronómico en lugar de uno de viajes).

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Como todavía seguía lloviendo, el casco antiguo de Heraklion estaba a tope: jóvenes universitarios, transeúntes, currantes y la marabunta de guiris que no podían ir a ninguna playa. Tomamos café en una simpática cafetería alejada de las masas, con relajante rembenika (blues-folklore griego) amenizando nuestra estancia. Los cafés se pagan caros, pero son espumosos, sabrosos e intensos. Siempre acompañados de agua fresca y, con suerte, de algún dulce de la casa. Esta gente atiende bien y te cuida. Así da gusto. Vistas las inclemencias meteorológicas, nos apalancamos en el apartamento a hacer el perro, que tampoco está del todo mal. Una ensalada griega, leer, tomar té y a la piltra.

Por desgracia -en realidad no tanta- hoy también nos tocó aplicar un plan B improvisado. Amaneció soleado, pero la cosa se fue torciendo. La maldita Troika no se daba por vencida. Tocaba día de “rally isleño” con nuestro Micromachine, que con suerte pilla los 80 km/h. Eso sí, es monísimo. Tras más de 2 horas bordeando el litoral y serpenteando por las colinas, nos plantamos en las Gargantas de Samaria, un trecking espectacular acompañando a un río que desemboca en el Mar de Libia. Nos equipamos a lo Jesús Calleja, nos motivamos para empezar la bajada y…plas! Cerrado. Casum ronda! Las fuertes lluvias habían provocado desprendimiento de rocas, así que los forestales nos frenaron.

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Plan B: dar media vuelta, recorrer de nuevo la serpenteante carretera repleta de alegres rebaños de cabras y tomar rumbo a Imros, dónde hay otra Garganta no tan imponente pero que pintaba linda. Nos equipamos, empezamos a bajar y se pone a lloviznar. “Ya está, nos rendimos”, decimos. Media vuelta y nos metemos a la Taberna. El lugar pintaba guiri  a priori, pero andábamos confundidos. Nos sirvieron delicias: una suerte de estofado con una pasta local y carne de cerdo jugosísimo; pan tostado con tomate rallado, feta y hierbas; y nuestro tan venerado tzatziki, que lo comeríamos hasta en el desayuno de lo fino que está. Felices, arrancamos el coche y, de nuevo, sorpresa al canto. Una de las ruedas delanteras estaba pinchada. Ya decidimos tomarlo con humor. Con ayuda del tipo de la taberna, colocamos la rueda de recambio y decidimos explorar el sur de Creta, más rural y poco explotado. Disfrutamos las vistas, tomamos café griego vislumbrando la grandeza de nuestro amado Mediterráneo y, tras muchas horas y muchas kilómetros, nos dirigimos a nuestra base.

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Amiga Angela: se piadosa y devuélvenos el sol, que nosotros no tenemos la culpa del desbarajuste griego! Queremos playa!

La freshhhh-cura d’Esparta ;)

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Como podéis comprobar, no lo estamos pasando del todo mal. Tras pasarnos el verano viendo fotos de vuestros pies y vuestros lindos torsos en playas de todo el mundo, ahora os toca a vosotros contemplar desde vuestras oficinas cómo nos doramos el torso. Ah….se siente!

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Vamos al lío. Tras nuestra emocionante estancia ateniense, decidimos continuar nuestra improvisada travesía rumbo a la anexa península del Peloponeso, antigua tierra de espartanos, guerras y demás historias míticas. Como siempre digo, Google y Wikipedia dominan más que yo, así que si queréis más información, ya sabéis lo que toca. Nosotros os contamos lo que vemos (y comemos), y la verdad es que es una verdadera maravilla. El paisaje que veíamos desde el cómodo y moderno bus Mercedes presagiaba lo mejor: enormes extensiones de viñedos, olivares copando las colinas, aislados y relajados pueblos y un sol reluciente, caluroso pero muy agradable.

Nuestra base está en Mavrovouni, a poco más de un kilómetro de Githion, una bellísima vila pesquera, antiguo puerto comercial de los espartanos. Nos agenciamos un chulísimo apartamento “full equip”. Primera gran noticia: la playa se encuentra a escasos 200 m. de nuestra puerta. Gloria divina. La propietaria nos recibió de lujo a un precio irrisorio: 84 € por 3 noches. Así da gusto. Nos acomodamos, nos aprovisionamos en el colmado de la esquina, y cocinamos unos ricos fideos griegos acompañados de ensalada griega, con queso feta a granel comprado a precio de risa.

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Al despertar, desayunamos al sol en nuestra acogedora terraza. Había que tomar fuerzas, que nos esperaba un durísimo día de playa. Menuda sorpresa nos llevamos al recorrer el estrecho camino de tierra y alcanzar el mar. Ante nuestros ojos se abría una playa de fina arena, de 6 km. de extensión, con una temperatura idónea y un agua azul transparente como si fuera una piscina. Los pocos turistas que nos acompañaban eran locales, así que el panorama era de lo más relajante. Leer, bañarse, leer, plancharse… ya sabéis. Volvimos a nuestra base, donde cocine un improvisado “rissoto” con lo que encontré muy rico. Al atardecer, tras reír un rato con el gran Oliver via skype, tomamos prestadas las bicis del apartamento rumbo a Githion. Bicis prehistóricas que nos dejaron el culo cuadrado pero, al fin y al cabo, bicis gratis.

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Githion es un pueblo de postal. Como un Cadaqués griego, para que os hagáis una idea. Básicamente, viven de la pesca y el turismo. Los lugareños, muy tradicionales, pasan el día en las incontables terrazas y cafés que se extienden por el litoral (nota: aquí hacen los mejores cafés con hielo del universo, puro vicio). Exploramos el pueblo, las plazas, el mercadillo y el puerto. Tomamos fotos geniales, el atardecer nos regalaba hermosos paisajes. Como nota negativa, la presencia de una visible sede del partido neo-nazi Amanecer Dorado, que coronaba la plaza central de pequeño pueblo con sus repugnantes banderas fascistas y imágenes de sus chulescos líderes. Era muy curioso el contraste entre la propaganda comunista y los slogans de los fachas griegos plantados unos frente a otros. Simbología de la II Guerra Mundial en un lugar de paz como este pinta más bien poco. Superamos una imponente subida con nuestras cutres bicicletas, nos plantamos en casa para cenar y relajarnos.
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Al despertar, tras no sé cuantas horas durmiendo cual bebés, hemos ido rápidamente a tomar un bus hacia Areópolis, un pueblo al otro lado de la pequeña península del Mani. La guía hablaba maravillas del lugar, y estaba en lo cierto. Al poner pies en tierra, encontramos un amable mercadillo local, dónde un anciano vendedor de olivas se marcó unas graciosas poses al lado de Georgi. Fuimos a explorar los callejones, y de nuevo dimos con una villa maravillosa. El ritmo vital de la gente aquí es verdaderamente envidiable. Como buenos exploradores que somos, tomamos un sendero y nos perdimos por las colinas, con el rumbo fijo hacia el mar.

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Tras un rato sudando de lo lindo a pleno mediodía, apreciamos una espléndida cala, alejada de la mano de dios, con solo unos pocos locales disfrutando sus maravillosas aguas cristalinas. Definitivamente, no hace falta cruzarse el mundo para catar las mejores playas. Avisados quedáis, así que aprovechad y dejaros de gastar la pasta comprando pulseras en Riviera Maya. Nos tostamos un rato en la costa rocosa, hasta que al otro lado divisé un atractivo chiringuito-restaurante a pie de mar. Literalmente. Me llamaba a gritos. Debíamos ir hacia allí. Como era de esperar, la cosa no defraudó. Nos plantamos en una mesa y un veterano griego nos atendió. Básicamente, dijo: “aquí se come pescado. Levántate y ve a mirar lo que quieras”. Y nada, nos levantamos y fuimos a ver el mostrador nevera, repleto de pescado fresco y marisco de todos los colores y tamaños. En el borde, dos tipos limpiaban pulpos, sepias y calamares con dedicación y concentración. Se trataba de escoger el bicho y que el lugareño te lo pasara por la brasa. Para todo lo demás…Mastercard.

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Nos cascamos dos platos de tzatziki (crema de yogur griego con pepino a tiras), pulpo y una especie de dorada enorme, o algo así. Estaba todo más bueno de lo que incluso imaginábamos. El precio, lo de menos. Por esto pueden cobrarte lo que les de la real gana. Tras la comilona, tocaba cumplir con el ritual mediterráneo: la siesta. Y en un lugar así, más aún. Al terminar nuestro cupo de playa, tuvimos suerte de nuevo. Hicimos autostop y un simpático griego nos paró. Nos ahorró más de una hora de subida en curvas que todavía le estamos agradeciendo. Nos preguntó sobre el percal de la independencia de Catalunya, y hicimos lo que pudimos para explicárselo. De nuevo, paramos en la plaza central de Aerópolis a tomar más exquisito café con hielo y verlas pasar. Aquí es una actividad que se les da muy bien, así que intentamos aprenderlo cuanto antes. El sol y la calma les aporta una belleza envidiable.

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Sin más, bebiéndome una birra Mythos y escuchando Comando 9MM, nos despedimos hasta nuevo aviso. La señora está poniendo verduras al horno y toca planear el día de mañana. Un faenón, vamos. Si el clima sigue respetándonos así y cada lugar se torna mejor que el anterior, pinta que este será un viaje para enmarcar. Los próximos post darán fe de ello. Peace!

Atenes mola!

Muy buenas tengan, queridos lectores. Sabemos que nos echabais de menos, así que volvemos a la carga. Esta vez desde Grecia, un acogedor destino mediterráneo, cercano y barato, idóneo para nuestro instinto explorador. Como de costumbre, iremos publicando post sobre nuestros periplos cuando nos apetezca y tengamos conexión. Juny, estate al caso: esto promete.

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Aterrizamos en la capital helena el pasado lunes por la noche. Todo nos cuadro genial: el vuelo llegó a tiempo, el metro nos dejó a escasos metros de nuestro youth hostel y, para nuestra sorpresa, estábamos ubicados a los pies de la imponente Acrópolis griega. Tiramos las maletas y subimos directos al rooftop (terraza) bar, dónde alucinamos con las vistas de las imponentes columnas del Panteón iluminadas. Un fotón para el recuerdo.

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Nuestra ubicación era inmejorable. En pleno centro, a tiro de piedra de los mejores barrios y lugares de interés de la capital. Encima, en nuestra esquina teníamos un café cool muy guay, que hacían bocatas y pastas frescas del día, además de café fríos y capuccinos sabrosos y espumosos. Nos quitamos de encima el guiri-tour cuanto antes: pagamos los 12 pavos de la entrada a la Acrópolis y lo flipamos de lo lindo. Mi fiel guía y compañera, Georgi -más entendida en arte que un servidor- me iba contando guía en mano de que iba la movida de los capitolios dóricos, jónicos y demás. Sin tener ni idea, uno ya se deleitaba imaginando el jolgorio que vivían los atenienses milenios atrás. Menudas borracheras y orgías debieron caer aquí! Junto a nosotros habían unos 300.000 turistas más, abrasándose las cabezas bajo el sol, con una temperatura de casi 30º grados. A los guiris les encanta apelotonarse. A mí, no.

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Como siempre, nosotros vamos a pie a todos lados. Somos unos insaciables caminadores de ciudades: así se conocen los rincones, los olores, las gentes y los lugares con magia alejados de las muchedumbres extranjeras. Seguimos nuestro improvisado tour recorriendo Plaka¸ el antiguo barrio turco, de estrechos y elegantes callejones repletos de vida. Pequeños comercios de souvenirs, ropa, tela y artesanías se abren paso junto a tranquilas y confortables terrazas en las aceras. Sonrientes, los comerciantes invitan sin agobiar a entrar a sus locales. Nos maravillaron los callejones con escalinatas ascendentes, con las sillas de las terrazas ubicadas en cada escalón. Y de fondo, en el cielo, siempre la Acrópolis imponiéndose.

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El hambre apretaba: tocaba comprobar la fama de la buena gastronomía griega. Paramos en un bar de toda la vida, repleto de lugareños, dónde la guía Lonely Planet  aseguraba que servían buenos platos del día a precio razonable. Ciertamente, comimos de lujo: auténtica ensalada griega -al loro, el queso feta es de otra liga-, una pedazo de ración de musaka (pastel caliente a base de berenjena, carne picada, queso, patata y especies) y pescado del día con sofrito de tomate como el de la abuela. Para llorar amigos y amigas. Aquí atienden con gusto: al sentarte te sirven agua y algo de picar, te sonríen y, al cobrarte, te traen postre por la cara. Catalans: aprenen-me!

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Con la barriga llena y un buen espresso, seguimos pateando Atenas, pasando por el barrio de Monastiraki y sus encantandores mercadillos, la avenida Ermou -el “Passeig de Gràcia” ateniense- y llegamos a la emblemática Plaza Sintagma, epicentro de tantos momentos históricos y de tensión en los últimos tiempos. La plaza y los aledaños están repletos de carteles electorales. El próximo domingo, los griegos votan -de nuevo- a su presidente. Imagino que deben estar hasta arriba de tanto votar. Los comunistas, que rivalizan con el Syriza de Alexis Tspiras, se llevan la palma. Han inundado Atenas de panfletos con hoces y martillos. A nuestro paso por Sintagma, los conservadores de Nueva Democracia tenían plantado su stand electoral que repetía consignas de su anticuado líder.

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Tras kilómetros y mucho sol, decidimos frenar, ducharnos y relajarnos. Cenamos románticamente en Plaka, a diez minutos de “casa”. Al amanecer habría más y mejor.

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Tras despertar y tomar fuerzas en nuestra cafetería preferida de la esquina, nos motivamos a explorar de nuevo. Esta vez, a recorrer los barrios de Gazi y Omonia, más al norte. Aquí se respiraba la Atenas real: trabajadores, estudiantes, muchos inmigrantes y ajetreo continuo. Pasamos ante la custodiada sede de Syriza, un parque con más columnas y esculturas de la antigua Grecia, zonas comerciales y facultades universitarias. Estábamos en el meollo.

Nuestra meta era la Plaza Victoria, dónde los refugiados afganos que llegan a la capital huyendo de la violencia de su país han montado su “campamento”. Quería comprobar lo que pasa y intentar explicarlo. Tomamos fotos y testimonios, que esperemos sean publicadas pronto en algún medio. Estén atentos. Un adelanto: lo que vive esta gente no tiene nombre, y lo que está haciendo la Unión Europea es una verdadera vergüenza. Tenemos abandonados a su suerte a decenas de miles de seres humanos en montañas, islas, plazas, estaciones y fronteras, en unas condiciones deplorables y en un limbo absoluto. Desde estas humildes líneas, les deseamos la mejor de las suertes y un futuro próspero.

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Aprovechamos la tarde para callejear por desconocidos barrios, y comimos en un moderno local dónde nos sirvieron ensalada y hamburguesas de pollo excesivamente especiadas y modernistas. Nos quedamos con lo clásico, lo de toda la vida. Nos enteramos que a las 8 había mani de los comunistas en Syntagama, y como no fuimos a husmear. La imagen a la salida del metro era imponente: miles de jóvenes, hombres, mujeres y ancianos plantados solemnemente, hondeando centenares de banderas rojas con el logo de del KKE y enormes hoces y martillos. Una puesta en escena ordenada, solemne y seria, con ciertos reminiscencia soviética. Las masas escuchaban las consignas  del serio -y tremendamente aburrido- líder Dimitris Kutsumbas mediante estridentes altavoces repartidos por la plaza. A ratos, las juventudes iniciaban cánticos con los megáfonos y las banderas ondeaban al viento. Un milimetrado espectáculo que merecía la pena ver.

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Tras abandonar las huestes rojas comimos algo fresco en un puesto callejero. Una buena ensalada césar y pasta con tomate por 7 euros. Así da gusto. Y, sin más, nos plantamos en nuestra habitación, acompañados de nuestros pesados compañeros de litera. Argentinos tenían que ser (con amor para nuestros queridos amigos argentinos, sois relindos!). Planeamos la siguiente parada en nuestra ruta y a dormir. Hoy tocaba un día de “transición”: metros, buses y caminatas para alcanzar la siguiente parada. La meta, el Peloponeso, la reconocida península contigua a Atenas, con poblados llenos de historia y color. Escribo estas líneas desde un cómodo y baratísimo apartamento en Gythion, un lugar que promete de lo lindo. Pero mejor os dejo lo cuento en otro instante, que mañana tenemos un durísimo día para explorar la costa tenemos a escasos 200 metros. Estén atentos…Salud!

JERUSALEM, IF I FORGET YOU…

Jerusalén es, sin lugar a dudas, el más apasionante lugar de esta tierra. La ciudad santa, en eterna disputa, sigue siendo hoy la olla a presión que marca el pulso del conflicto religioso, étnico y nacional que sigue en vigencia en nuestros días. Cada paso, cada imagen y cada piedra tienen una trascendental historia detrás. Guste más o menos, es imposible que uno salga indiferente tras callejear los tan distintos lugares que conforman esta ciudad, construida en las colinas que separan los parajes verdes y mediterráneos del desierto que queda a sus espaldas.

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Nuestra huésped del paraje hippie en medio del desierto ya advirtió a Georgina: “Open your mind”. Es decir, calma y relax. Si ya de por si esta ciudad es un ajetreo, la festividad de Pesach y la Pascua cristiana la terminan convirtiendo en un verdadero bullicio de feligreses crisitianos y judíos venidos de todo el planeta. Para colmo, nuestra llegada fue un calvario. Vamos a una gasolinera a repostar antes de devolver nuestro flamante Fiat –creo que cumplimos el cupo de kilómetros, más no pudimos hacer- y no aceptaban Visa’s foráneas. En la segunda, cargamos pero no nos pasa ninguna de las tres tarjetas. Nervioso, voy a pie a recorrer la ciudad en busca de un cajero y logro sacar cash. Seguimos camino a la sede de “Sixt Renting” y, a punto de llegar, una policía nos corta la calle en nuestros morros. Caos. Estrés. Cláxons retumbando. En esto también son calcados árabes y judíos. Histeria innecesaria._
El calor era sofocante. 30 grados y un sol abrasante. Estábamos hambrientos, cansados y desesperados. La bienvenida fue un verdadero calvario. Tomamos el moderno tranvía que cruza la ciudad por Yaffo Street y nos plantamos en Davidka Square, que alberga el reconocido Abraham Hostel. Aquí estuve en 2012 y es una isla de paz en pleno meollo de Jerusalén, en lugar ideal para backpackers. Le dije a Georgi que le gustaría, y así fue. Staff amable, servicios cómodos y completos, información extensa sobre qué hacer, buenos tours y un ambiente internacional enriquecedor.

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Sin apenas hacer el check-in, subimos la avenida hacia el Merkas (mercado) Yehuda, verdadero termómetro de esta ciudad. En mi opinión, el más apasionante de Israel. Aquí se mezcla la amalgama que habita la parte occidental de la ciudad, la judía. Puestos de comida fresca, cafés, gritos, músicos de calle, mujeres soldado, religiosos, abuelas llenando el carrito… espectáculo garantizado. Perfecto para sentarse en el meollo y comer pinchos de pollo y kebab, acompañados de platillos de ensaladas locales y hummus por doquier, a un precio más que razonable. Logramos tranquilizarnos y estabilizarnos para cargarnos de energía y buen karma. Tomamos café en una soleada terraza en una callejuela anexa, ideal para seguir vislumbrando el mix humano local. El boom de natalidad aquí es espectacular (tened en cuenta que las familias religiosas procrean que da gusto, las familias con 5/6 niños son lo habitual).

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Aprovechamos la tarde para tomar rumbo al distrito de Ein Keren, ubicado a los pies del Monte Herzl, bastante alejado del centro. Desconocía su existencia y me llamó la atención. Hay un curioso monasterio ruso en su colina, y sus callejuelas están repletas de cafés, heladerías y tiendas de artesanía, ideales para un relajado paseo en familia. Aquí ya apreciamos que no éramos los únicos “guiris” que pensamos acudir aquí por estas fechas… Los grupos de turistas con gorras de colores y líderes bandera en mano abundan.

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Luego, dimos un tumbo por el reconocido barrio de Mea Shearim, fortín de los más ultraortodoxos, los Haredim, que habitan la ciudad. Es un mundo aparte. Sus vestimentas, largas y rizadas patillas de tirabuzón, sombreros de copa y en algunos casos peludos son un verdadero choque para el que no está acostumbrado a verlos. Viven una realidad aparte, en un barrio que parece vivir unos cuantos siglos atrás en pleno s.XXI. A la entrada del barrio, los carteles piden respeto por sus costumbres y una vestimenta adecuada. Sus paredes están repletas de enormes posters blancos con mensajes bíblicos. Es curioso: la mayoría de ellos son contrarios al Estado de Israel y al sionismo político, ya que defienden que la nación de Israel solo será establecida a través de la obra del Mesias. Incluso hay posters ridiculizando al ejército, un tema que generó profundo malestar en su comunidad cuando se aprobó una ley para que los ultraortodoxos –como el resto de la sociedad- estuvieran obligados a servir en la armada israelí.

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Aprovechamos para quemar los últimos cartuchos dando vueltas por las callejuelas cercananas a la Zion Square, en la que descubrimos una curiosa tienda de antigüedades y vinilos. Agotados, nos fuimos a nuestra base. Tocaba recargar las pilas que a estas alturas ya están bajo mínimos…

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El día siguiente era uno de los fuertes de nuestra estancia. Nos unimos a un tour organizado desde el hostal. Se trataba de una visita a la ciudad de Hebron, titulado “Dual Narrative Tour”. Se trataba de visitar esta histórica y conflictiva ciudad, ubicada en el corazón de Cisjordania –Territorios Palestinos Ocupados para unos, Judea y Samaria para otros-. A priori, pintaba interesante, ya que se trataba de visitar la ciudad explicada por dos guías: uno árabe palestino y un judío israelí. Cada uno, recorriendo unas partes de la ciudad y ofreciéndonos las tan distintas narrativas que defiende cada bando.

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No me alargaré mucho al respecto, ya que escribiré un artículo sobre ello a la vuelta. Pero lo cierto es que supone un choque muy fuerte. La comunidad judía de la ciudad, cifrada en unos 700 habitantes, está protegida por más de 2000 soldados, apoltrados en colinas, checkpoints, callejones y tejados de la zona H2, el 20% de la urbe bajo control israelí. El resto, H1, está bajo control de la Autoridad Nacional Palestina.
Intentaré reflejar los hechos tal cual nos los contaron, pero las imágenes son verdaderamente entristecedoras. Uno se pregunta cómo es posible vivir una violencia y una separación física tan dura a diario. Y, como en la mayoría de casos, por cuestiones vinculadas a la religión. Más allá de consideraciones personales, el tour fue muy enriquecedor. Gracias Mohamed y Eliyahu pudimos tener acceso a zonas, casas y testimonios muy valiosos, sin los cuales probablemente jamás podríamos haber accedido. El grupo era amplio, ya que el turismo en estas fechas se dispara, pero aún así lo supieron manejar muy bien.

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Para Georgi, fue realmente duro comprobar las consecuencias de la ocupación y el conflicto de primera mano. Yo ya venía más mentalizado, ya que visite la zona de Belén con Oli con una organización pacifista hace tres años. Aún así, la virulencia de Hebrón no tiene comparación. El conflicto está servido en cada esquina.

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Para relajar los ánimos, fuimos a por unas pintas a nuestra vuelta a la ciudad santa, al Bar Records. Un ambiente joven y secular muy amable, a tan solo dos calles de Mea Shearim y a minutos de la Ciudad Antigua. Un buen respiro tras tanta tensión…

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Y el plato fuerte lo reservamos para hoy, el último día. Tocaba callejear por la Ciudad Antigua, que lo alberga prácticamente todo. Por aquí es dónde todas las civilizaciones dejaron sus huellas, se enfrentaron en guerras y, a día de hoy, todavía siguen en ese viacrucis. Hicimos la entrada por el mejor lugar, la puerta de Jaffa. Recorrimos las escasas calles del cuarto Cristiano Armenio, siempre decorado con posters que recuerdan el genocidio del pueblo armenio por parte del Imperio Otomano (aka Turquía de nuestros tiempos). De ahí, recorrimos paralelos la muralla para adentrarnos en el Cuarto Judío, que prácticamente está todo reconstruido ya que quedó en ruinas en múltiples ocasiones tras los conflictos. Pasamos por su cardo, las modernas sinagogas y fuimos a parar a la Western Plaza, que alberga el famoso Muro de las Lamentaciones.

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Hoy estaba abarrotado como jamás lo había visto. Es Pesach y acuden religiosos de todas lenguas y nacionalidades. La fe abruma. Mujeres y hombres lloran ante el mítico muro, vestigio del segundo Templo del Rey David. Justo encima, la Explanada de las Mezquitas, con su dorada y preciosa Mezquita de la Roca, preside el Monte del Templo. Al verlo, uno entiende el porqué del conflicto, todo está tan pegado…

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Como la Explanada de las Mezquitas solo abría al público de 13:30 a 14:30, paramos por las ajetreadas callejuelas del Cuarto Musulmán a tomar café, té y comer hummus y falafel. Este es el distrito más ajetreado, con bazares en cada callejón. Intentamos entrar a la Explanada por una de sus entradas adyacentes, pero solo pueden entrar por ellas los musulmanes (Nota: Ni Georgi con velo al estilo Homeland lo logró). Al final, accedimos por la imponente rampa de madera que se alza junto al muro de los lamentos. Sorpresa: apenas pudimos recorrerla, ya que por motivos de seguridad estaba minada de policía que impedía la libre circulación de los no musulmanes.

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Y entendimos rápidamente el porqué. Hay radicales religiosos judíos que pretenden acceder a ella a rezar, como un grupo de tres jóvenes que así lo hizo. Rápidamente, los veteranos árabes se calentaron, el ambiente se puso tenso, y los jóvenes fueron expulsados por las fuerzas del orden. Las jóvenes los despedían a la salida con gritos de Alá-Huakbar mientras la tensión seguía creciendo.

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Seguimos nuestra trayectoria por la Via Dolorosa –dónde Jesucristo arrastró la cruz-, hacia la Iglésia del Santo Sepulcro, abarrotada de feligreses cristianos de lo más curiosos. Es el santo grial del Cuarto Cristiano. Consideraciones aparte, es una verdadera maravilla y está conservada a la perfección. Apenas se podía andar en sus entrañas, así que tomamos unas buenas fotos y seguimos andando. Salimos del casco antiguo por la puerta de Damasco, desde dónde tomamos un bus palestino para coronar el Monte de los Olivos. Aquí también se han producido innombrables hechos históricos y religiosos. Pero como os suelo decir, mejor buscad en Google…

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Lo bueno es que disfrutamos de una inmejorable panorámica de la ciudad, desde dónde uno realmente comprende y respira el porqué de tanto jaleo. Desde el mirador, un lugar de paz y calma, apreciamos la belleza de Jerusalén, desde un punto de vista exterior y objetivo. La luz era preciosa, pero el viento cada vez hacía más fría e incómoda nuestra presencia. No olvidéis que está ciudad está a lo alto de las colinas, y cuando se gira el clima hace un frío terrible.
Bajando a pie a través del cementerio judío que ocupa la ladera del Monte, caímos en una curiosa Iglésia Armenia –de cristianos ortodoxos-, que en ese momento visitaban fieles venidos de europa del este y Rusia. De nuevo, cada templo con un marco completamente diferente. Nos fuimos satisfechos, porqué así pudimos palpar desde dentro cada una de las religiones presentes aquí.

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Sin más, entramos de nuevo a la ciudad enmurallada por la puerta del León, para cruzarla de nuevo al atardecer y comer en un árabe a precio de oro. Entre este y los vendedores de souvenirs terminamos algo hartos de esta volatilidad de los precios, en los que acabas regateando hasta el precio de un café. No estamos hechos para esto, la verdad.

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Intento resumir como puedo lo que vemos y vivimos, pero se hace imposible. Debo terminar ya porqué es tarde y mañana volvemos a Tel Aviv, para pasar la última jornada y volver a casa. Esto termina. Pero, de nuevo, con la sensación que queda mucho por ver, hacer y escribir sobre esta apasionante tierra. Traigo en la maleta dos buenos reportajes, que en breves espero poder compartir con ustedes.

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Gracias por vuestra atención y espero que lo disfrutéis tanto como nosotros. Mucho amor para todas y todos! Ofer y Georgina.

Chilling in the Arava

Estamos agotados. Esto del turismo a mil revoluciones cansa. Ahora mismo, escribo estas líneas desde la zona de relax del bar del Abraham Hostel en Jerusalén. Si, ya estamos en la caótica, disputada y abarrotada ciudad Santa, aunque permítanme que les hable de ella en el próximo capítulo. Hoy haremos valer el dicho de “más vale una imagen que mil palabras”, porque realmente las tomas de la fotógrafa lo valen y hablan por si solas.

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Day Off. Merecidísimo. Nos pusimos en formato “Ein Yahav”, que sería algo así como vivir a ritmo canario. Es lo que tiene pasar las horas en un oasis en medio de la nada, rodeado de palmeras, áridas montañas y mucha tranquilidad. Aquí uno se amolda rápido al tempo de Amnon y Rachel, que tras una merecidísima jubilación (o casi) disfrutan en su soleado jardín de las continuas idas y venidas de sus nietos. Buena parte de la familia Lev vive en la desértica comunidad agrícola, así que los vínculos familiares son muy potentes.
Era el mediodía después del “Seder” de Pesach, y todavía teníamos una tonelada de comida por terminar. Así que de nuevo al lío… Apareció por el lugar el otro primo de mi madre, Asher, que vive en otro “Moshav”, ubicado a siete kilómetros de la Franja de Gaza. Pudimos charlar un rato sobre como vivieron la última guerra este pasado verano. Personalmente, me entristece mucho, más porqué no veo el fin de este conflicto tan viciado y fanatizado.

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En definitiva, pasamos una jornada sin ir arriba y abajo. Disfrutando del atardecer, la puesta de sol y los maravillosos colores que ofrece este desierto, en el que uno siente estar aislado e, incluso, alejado de la efervescencia israelí. Entiendo que tengan pocas ganas de tomar la carretera 90 en dirección Jerusalén.

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Nuestro flamante Fiat escarabajo pone rumbo a Eilat, la más sureña ciudad de Israel, conocida por ser algo así como el “Benidorm” del Mar Rojo. En mis anteriores visitas al país, siempre la evité por las advertencias de los locales de que se trata de una mera ciudad turística. Dado que la reportera gráfica quería sacar a relucir su carnet de buceadora oficial en el Mar Rojo, acordamos que era una buena ocasión para recorrer el resto de la ruta 90 y visitar uno de los fortines turísticos del país.

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La verdad que nos llevamos una más que grata sorpresa. Georgina disfrutó de dos agradables inmersiones con su guía, Noam, mientras yo pasaba una tormentosa jornada de lectura –“El Alquimista”, de Pablo Cohelo-, en una tumbona del chiringuito de la cala de los buceadores, surfistas y jóvenes eilatíes. Bajo el regazo de una sombrilla y con una tranquila banda sonora de fondo, esperé a que la reportera se quitara los trajes de buceo para disfrutar de un rico manjar –hummus tampoco faltó- en los sofás del lugar. Aquí el verano ya llegó por todo lo alto!

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Sobrepasamos exitosamente el lío de las vacaciones de Pesach, ya que las acumulaciones se hallaban en otras playas. Desde la nuestra, divisamos la jordana ciudad de Aqaba, al otro lado de la frontera, coronada por una inmensa bandera de su país. Y a pocos kilómetros de nuestra ubicación, dirección norte, teníamos el paso fronterizo de Taba, para pasar al vecino Egipto. Años atrás, ambos países eran destino turístico para muchos israelíes. Actualmente, los revuelos de la región han cambiado las tornas, y el tránsito hacia ambos países, con los que Israel firmó la paz años atrás, es prácticamente nulo.

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Nos despedimos de Ein Yahav –siempre es una pena, pero sabemos que volveremos-, y nos fuimos a coronar Masad’a. Para los que desconocen su historia, se trata de un antiguo poblado de la época del Segundo Templo, en el que el último batallón de luchadores judíos resistió la invasión del imperio romano. La leyenda dice que terminaron suicidándose colectivamente para evitar caer en manos del enemigo, que construyó una espectacular rampa para ascender el monte y conquistarlo. Es imposible explicar con palabras como carajo se lo montaron para vivir ahí arriba del monte, alejados de la mano de dios, sin agua ni lo que comer a kilómetros a la redonda. Pero lo cierto es que, todos lo que habitaron el lugar, acabaron montándose allá arriba palacios espectaculares.

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Como buenos valientes –y para mantener la costumbre de mis anteriores subidas con Eyal y Oliver-, subimos por el “Shvil A Najash” (Camino de la serpiente), una empinada y temida ascensión que, cuando se acerca el verano, es imposible hacer más allá de las 7 de la mañana. El sol, literalmente, te funde. Casi lo logra con nosotros, pero coronamos la cima exitosamente y dimos un paseo por las ruinas del antiguo poblado. Si os interesa la historia, preguntad al amigo Google porqué merece la pena.

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Para festejar, decidimos bajar la ladera y volver a disfrutar las costas del Mar Muerto. Esta vez, dentro del complejo hotelero de Ein Bokek, abarrotado de histéricos israelíes de vacaciones. Impresionante ver como se montan sus campamentos en cualquier trozo de césped, aunque sea a pie de carretera. Parrillas, bafles, carpas, tiendas de campaña, sillas de plástico, tumbonas… todo vale en Pesach. A ver quién la monta más grande. Se juntan todos, desde religiosos a kinkis, seculares, rusos adinerados, yanquis, etc. Pero nosotros, como siempre, a lo nuestro. Disfrutando cada momento.

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La gran sorpresa vino al atardecer. Pernoctamos en un desconocido paraje, Zman Midbar, un “Eco Spiritual Lodge” que hallé en Booking. Estaba cerca de la ciudad de Arad, también en el desierto de la Aravá. Al cruzar su núcleo urbano, se abrieron ante nuestros ojos las colinas del desierto de Judea, algo florecidas por la primavera, con una luz de tarde increíble. Y lo mejor vino cuando vimos un pastor con sus camellos trotando libres por el monte, una imagen que llevábamos días buscando. Nos quedamos fascinados observándolos, conscientes de que estos momentos son difíciles de repetirse.

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Y, al fin, llegamos al paraje. Una carpa-tienda hippie en una colina en medio de la nada, con un ventanal abierto desde el que se apreciaba la tranquilidad del desierto y el Dead Sea. Los inquilinos, unos israelíes algo pájaros, parecían sacados de una película de Tim Burton.

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Coincidimos con un grupo de israelíes, unos izquierdistas de Jerusalén la mar de buena gente. Nos hicieron de cenar y estuvimos charlando largo y tendido con ellos sobre Catalunya, España e Israel. Intercambiamos contactos y esperamos reencontrarnos en un futuro…

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Sin más, os dejamos, que mañana el día pinta intenso y empieza bien prontito. Un abrazo fuerte a todos, nos vemos pronto!

Seguim… de nord a sud

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Israel –y los Territorios Palestinos- son poca cosa. Para que os hagáis una idea, es aproximadamente la mitad de la superficie de Catalunya. Todavía me pregunto cómo se lo montan para coexistir las gentes y los paisajes tan distintos que conforman estas tierras. Disculpen nuestro retraso, pero la redacción del blog ha estado atareadísima a lomos de nuestro flamante Fiat “escarabajo”, indagando entre carreteras comarcales, pasillos fronterizos, laderas de montaña y rincones que todavía no había visitado. El ritmo frenético nos limitó nuestro afán de publicar y mostraros lo que aquí vemos. Voy a intentar resumiros los días que os debemos:

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Abandonamos un Kibbutz, Ha’Hoterim, para acabar recalando en otro, Kfar Szold. El objetivo del día era visitar y conocer el Centro Educativo por la Paz “Givat Ha’viva”, ubicado en los entresijos del valle de Wadi Ara, en la zona central del país. En mi anterior viaje, tuve el placer de conocer a fondo la institución y, dado el background de Georgi (educadora social), ambos creímos conveniente acudir. Mi contacto, Lydia Aissenberg –judía galesa, periodista y educadora- estaba en su país natal, pero por fortuna nos recibió Keren Farash, israelí de padres argentinos que hablaba un castellano suficiente para explicarnos su cometido y el de sus compañeros.

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Hablar y ejercer la paz y la coexistencia entre árabes y judíos es difícil. No nos engañemos: aquí viven codo con codo, pero cada uno toma caminos separados en su día a día. Hay coexistencia, pero no integración ni cooperación. Wadi Ara es curioso, ya que aquí los índices demográficos son exactamente invertidos a los del resto del país: mientras que en todo Israel hay aproximadamente un 80% de judíos y un 20% de árabes (excluyendo otras minorías), en el citado valle la proporción es justamente contraria. Los minaretes coronan las aldeas a ambos bandos de la ruta 65 hacia a Afula, con pequeñas excepciones. De lejos, los poblados de unos y otros se diferencian rápidamente. Las casas de judíos suelen estar presididas por tejados anaranjados y casas ordenadas, mientras que los árabes están en permanente construcción (tonos grisáceos), ya que sus viviendas crecen al mismo ritmo que sus familias se incrementan.

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La tarea de Givat Ha’viva es un verdadero reto. Su base está construida por suelo cedido por el Movimiento Kibbutziano y, su ideología también nace de los mismos principios: sionismo, socialismo y pacifismo. Este último punto es el de más controvertida ejecución. Keren nos lo explicó lo mejor que pudo. Aquí trabajan educadores, maestros, periodistas y voluntarios árabes y judíos que, en resumidas cuentas, hacen cursos y actividades para que niños, jóvenes y mujeres se conozcan, se den la mano y entren en las casas de los otros. Educación de base para erradicar prejuicios basados, en su mayoría, en la ignorancia. Keren trabaja en el departamento internacional, que recibe grupos y particulares de todo el mundo para explicarles la complejidad de su tarea y algunas anomalías que se dan en los pueblos circundantes. Como el único caso de Barta’a. Se trata de un pueblo divido por la línea verde –armisticio del 1949-, administrado en lado occidental por la administración israelí y en la oriental por la Autoridad Nacional Palestina (ANP). No obstante, al cruzar de un lado al otro no hay barrera física, ya que la barrera de separación con Cisjordania se haya unos pocos kilómetros al este. Anomalías del conflicto…

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La charla y paseo por los edificios y jardines de Givat Ha’viva fue de lo más didáctica. A los pocos miembros con los que pudimos conversar, les consultamos acerca de la complejidad de educar por la paz en períodos de guerra, como la vivida el verano pasado en Gaza. Ellos mismos reconocen la contradicción y, ciertamente, viven momentos muy tensos. Pero no queda otra que persistir y creer en lo que hacen. Sin educación de base, jamás habrá una paz real.

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Tras un improvisado recorrido por la barrera separatoria –una especia de “No Men’s Land” oportunamente inundada de banderas israelíes-, tomamos de nuevo la 65. Paramos en la ciudad de Afula, dónde aparte de comer un rico sándwich de snichel –riquísimos pollo rebozado con sésamo- poco más puede uno hacer. Repostamos, pusimos saldo en nuestro anticuado nokia israelí y seguimos “kivun” (dirección) Tiberias. Ésta es la ciudad “capital” del Mar de Galilea, otro lugar de peregrinación cristiana que acoge, entre otros parajes, la Iglesia del pan y el pescado, dónde supuestamente Jesús multiplicó dichos alimentos para satisfacer los hambrientos estómagos de centenares de fans suyos. En fin. Subimos al monte de la beatifiación, dónde nos hicimos unas fotos entre risas sobre inventadas historias bíblicas y presenciamos una espectacular puesta de sol. Sin más demora, pusimos rumbo al norte para caer en Kibbutz Kfar Szold, hogar de nuestra estimada familia Felman. Como siempre, nos sentimos como en casa.

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Tras un relajado desayuno con Avi y Clarita, cargamos nuestras escasas pertenencias en nuestro “600” para hacer una extensa ruta por terrenos fronterizos. Primero con Avi, que nos llevo a la más norteña aldea de Metula, desde dónde prácticamente saludas a los vecinos libaneses al otro de la verja. Es una zona densamente ocupada por tierras de cultivo, sobretodo de frutos veraniegos. Y, en la primavera, es precioso. Se combinan frutos y flores de colores vivos, que copan las tierras a ambos lados. Todo para muy tranquilo y campestre pero, como en cada rincón aquí, se trata de una calma tensa. El sur del Líbano es el feudo de la milicia chií Hizbullah, férreo enemigo del estado hebreo. La última guerra se produjo en 2006 y, recientemente, se produjo un corto intercambio de artillería en el que un soldado español de la ONU fue abatido.

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Dejamos a nuestro guía matutino en el Kibbutz y nos dispusimos a coronar la sierra del Golán, antiguo territorio sirio conquistado por Israel en la mítica “Guerra de los Seis Días”. La carretera de curvas está, mayoritariamente, delimitada por verjas que advierten con carteles “Danger-Mines”. Tristemente, la historia de este país está marcada por la guerra. Entre sus curvas se pierden innumerables reservas naturales, vendedores ambulantes de aceite y aceitunas, excursionistas locales y, de vez en cuando, algún que otro tanque. Como todo, la gastronomía nos guiaba. El destino real de nuestra ascensión era la aldea drusa de Masad’a que, además de albergar una de las poblaciones más autóctonas y auténticas de esta etnia/credo, es reconocida por el Restaurante “Nidal”. Aquí acuden en masa turistas, lugareños, soldados y guiris a probar sus enormes bolas de falafel, el labane con zatar (queso fresco local), “haztilim con tjina” (crema de berenjenas) y demás platillos suculentos, servidos en abundancia por amables y pintorescos drusos de gorrito blanco y holgado mostacho.

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Saciados, improvisamos una ruta por los lomos de la montaña, haciendo para en Meir Golan, desde donde en un día soleado como el que disfrutamos ves Siria y, en los días de ajetreo, incluso oyes los estallidos y el humo de su cruento y prolongado conflicto interno. Aquí vienen grupos de guiris en masa. Pero lo más curioso es ver apoltronados a soldados de la ONU, mirando con sus prismáticos y charlando relajadamente. Actualmente, mudaron su base en Siria a territorio israelí, tras el secuestro de un batallón de nepalíes a manos de islamistas sirios. Vimos pasar un extenso convoy de tanques y jeeps blancos de bandera azul y, nuevamente, nos preguntamos qué carajo hacen en su base. Continuamos recorriendo sin rumbo fijo, parando en antiguos búnkeres, miradores y parajes excepcionales. Sorprende que el lugar, verde y fértil, está prácticamente inhabitado. Nuevamente, las cicatrices de las guerras pasadas hacen difícil su repoblación. Nos fascinó encontrarnos una mezquita medio en ruinas en medio de la nada. Espectacular imagen.

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De camino, paramos nuevamente enotra orilla del Mar de Galilea, bromeamos de nuevo acerca de las hazañas de Jesús y regresamos improvisadamente a nuestro fortín en Tel Aviv, el apartamento de Amit Turkaspa. Aparcamos una calle arriba, pero como no leo hebreo, no me percaté de que la acera izquierda es solo para residentes locales. Multa al canto. 100 shekels (25 euros). Nada grave, solo una anécdota.

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Como somos unos culos inquietos, nos unimos a Amit y Adí a fesetejar la noche de jueves. Primero, en casa de unos exacerbados jóvenes, que miraban alterados al Macabbi Tel Aviv de básquet mientras calentaban con Vodka. Luego, en un local a pie de playa que, todo sea dicho, dejó bastante que desear. El DJ tenía lo que yo de piloto de aviones.

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Cansados, nos pusimos en marcha sobre las 11. Bajamos a por un café con leche –no domino el hebreo, así que al final me sirvieron dos litronas de leche- y tomamos la autopista 1 hacia el Mar Muerto. Tomamos el consejo de Amit para vivir una “Full Dead Sea Experience”: parar en el poblado de Abu Gosh, a las puertas de Jerusalén, para agarrar hummus y pitas take away. Todo un acierto. Desde aquí, te damos las gracias. La autopista 1 cruza de Tel Aviv a Jerusalén y, de aquí, se adentra en Cisjordania –Territorios Palestinos Ocupados para unos, Judea y Samaria para otros-. Otra de las anomalías del conflicto, ya que uno cruzo el imponente muro sin darse cuenta y, de repente, se adentra en las áridas colinas de Judea, coronadas por asentamientos judíos, aldeas beduinas, camellos y un calor sofocante. El paisaje cambia drásticamente a pocas curvas de distancias. Jamás había tomado esta ruta y, ciertamente, mereció la pena.

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Dejando atrás conflictivos asentamientos como Ma’ale Adumim o históricas ciudades como Jericho, llegamos a la costa norte del Mar Muerto. Paramos en la playa de Kalia, que cuenta con una cuidada costa que merece sus 55 shekels (poco más de 12 euros) de la entrada. Es la mejor que jamás pisé, ya que en su orilla puedes impregnarte de barro y luego sentir tu piel más suave que la seda. Además, esta es la mejor época del año, ya que con 30 grados uno puede disfrutar al sol sin achicharrarse como en verano. Aquí se produce otra de las anomalías del conflicto: en el parking conviven matrículas y buses palestinos e israelíes. En su orilla, conviven las “jaimas” de familias árabes, que asan carne y fuman shisha a pleno sol, mientras judíos y demás turistas se entremezclan en una suerte de oasis pacífico. Uno ve esto y, de entrada, se extraña.

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En definitiva, disfrutamos como enanos. Encima, tuvimos el privilegio de recorrer toda la carretera 90, que cruza de norte a sur el valle del Jordán a orillas del Mar Muerto. Al lado izquierdo, queda Jordania; al derecho, imponentes laderas desérticos y miles de palmeras. The Doors amenizó una de las más vibrantes conducciones que hayamos tenido. Cruzamos el checkpoint al sur, el soldado nos felicitó las fiestas (“Jag Sameaj”) y seguimos rectos camino a Ein Ya’hav, el moshav (comunidad agrícola) dónde vive mi familia. La ruta es recta, árida y seca. Uno se pregunto cómo se lo montaron para llegar aquí y montarse un verdadero oasis en medio de la nada. Con razón los israelíes inventaron el sistema de riego del gota a gota, que permitió hacer fértiles los miles de hivernadores de éste y los demás moshavim vecinos.

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Aquí vinimos para festejar el “Pesach” (Pascua). Estábamos intrigados, a ver qué tal era el asunto. Nos juntamos en el jardín de la casa del hijo de Amnon, Gay, dónde montaron una improvisada y amena cena. Lo de los textos bíblicos y tal fue una broma: cuatro canciones y al lío, que había mucho banquete que saborear. Niños, jóvenes presumidas, adultos y abuelos, cada uno con su aire. Esto es tierra de paz y calma. Al mirar a tu alrededor, uno se olvida que esto es Israel. Porqué el desierto de la Aravá es un mundo aparte…

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“Las tribus”

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Israel es un mosaico. Aunque desde fuera nos acostumbra a llegar una imagen homogénea y, mayoritariamente, negativa, una vez hechas a andar por sus tierras percibes una amalgama de etnias y civilizaciones que poco o nada se asemejan en algunos casos. Por descontado, la diversidad aporta cosas buenas y malas: por una lado, una riqueza cultural y humana difícilmente comparable a otros países; por otro, conflictos sociales entre grupos que chocan por sus distantes costumbres, liturgias y intereses.

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Pero si queréis información más detallada sobre ello, ir a Google o Wikipedia, que saben mucho más que un servidor. Tras nuestra sufrida estadía en Tel Aviv, tocaba “Road Trip”. Alquilamos un fiat punto de automático de color beige (inciso: fue más barato hacerlo con el pasaporte de turista de Georgi que no yo como local), nos despedimos de Asaf y tomamos la mediterránea autopista nº2 dirección norte. Mi acompañante iba algo dolorida del estómago pero, como siempre, le puso valentía al asunto. En general, conducir por aquí se hace fácil, ya que todo suele estar muy bien indicado –en hebreo, árabe e inglés- y con un mapa detallado vamos como Pedro por su casa. Otro detalle: árabes y judíos son igual de plastas usando el claxon sin necesidad, por puro vicio y ganas de hinchar las pelotas.

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Nuestro destino era Akko, o “San Juan de Acre” en tiempo de los cruzados cristianos, otros de los tantos salvajes que en nombre de la divinidad se cargaban lo que encontraban en su camino y montaban sus fortificaciones la mar de vistosas. Fuera bromas: la ciudad antigua de Akko es una auténtica belleza situada a pie de mar, que combina en sus estrechas callejuelas innombrables restos de los cruzados y otomanos. También hay alguna sinagoga, baños turcos, túneles subterráneos… Aún así, su más preciado legado histórico lo aporta Saïd, un árabe que tiene uno de los puestos de hummus con más renombre del país. Puede, incluso, que el mejor. Por 30 shekels (unos 8 euros al cambio) nos hinchamos de humus y mashausha, una de las múltiples variantes de mi tan preciado manjar. Con la panza satisfecha, uno percibe mejor la historia. O eso creo yo, almenos.

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Los  comercios, el mercado y las viviendas ubicadas dentro de la fortificación son regentadas mayoritariamente por árabes, aunque en el resto de Aco la población es mixta. A Georgi le sorprendió gratamente la tranquilidad y amabilidad de los lugareños. Según ella, nada tiene que ver su carácter con el de los árabes de Túnez o Marruecos, más cansinos y ruidosos. Tomando un café turco con el sol tostándonos en la cara, vimos como desfilaban los hombres a la gran mezquita: unos de traje, otros con chándal…pero ninguno con indumentaria tradicionalista. Y las mujeres, muchas sin velo y maquilladas hasta las cejas, paseaban sin tapujos haciéndose valer. En el puerto, se combinaban pescadores con fumadores de shisha, que susurrando te ofrecían hachís si te veían más blanquito de la cuenta.

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El sol fulminante se vio truncado por unos nubarrones negros procedentes del Galil –las sierras del interior- y empezó a chispear. Sin más, pusimos rumbo a mi Haifa natal, que se parece a San Francisco o Masnou por sus pronunciadas pendientes. Para sorpresa de mi acompañante –se creía que mi lugar de nacimiento era un pueblucho-, esto es enorme. A diferencia de Tel Aviv, carece de un núcleo urbano uniforme, y sus distintas barriadas se reparten a los lomos de la colina y delante de la orilla del mar. Haifa es la gran salida de Israel al Mediterráneo: por su monstruoso puerto entra y sale casi todo el comercio. También es otro núcleo urbano mixto, aunque los árabes creo que son mayoritariamente cristianos.

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Dimos unos tumbos en coche por el barrio del Carmel, para vislumbrar la panorámica desde las jardines Bahaies, otra especie de religión que tiene un templo espectacular pero que todavía no sé muy bien de que se trata. Si eso, buscad en Google. O Wikipedia. Justo debajo, se extiende la Colonia Alemana, un precioso paseo con construcciones que hicieron peregrinos del citado país, expulsados durante la II Guerra Mundial por sus muestras de simpatía a Hitler. Aquí nos citamos con nuestros nuevos anfitriones, Ricardo y Geula de Kibbutz Ha’hoterim. Para no irme por las ramas: los kibutz son pequeñas comunidades agrícolas, que en su día fueron un verdadero motor del estado, inspiradas por un marcado carácter socialista y comunitario. Hoy, en su gran mayoría, su poderío económico e influencia está bajo mínimos. Si queréis saber más, consultad lo que escribí y reporté con Oliver aquí. Pero al lío: nuestros amigos de origen argentino nos brindaron una inmejorable bienvenida en un colorida y modernista restaurante en la parte “chick” de Haifa, que hasta ahora ni había pisado. Ricas y abundantes ensaladas, acompañadas de un platillo de carne de kebab con arroz y salsa casera hicieron nuestras delicias. Al salir, parecíamos verdaderas barrigas andantes. Para más inri, hicimos una interesante sobremesa con té y alfajorcitos de maicena –si pives, acá también existen-, fruta y pastel. Basta de comer por hoy!

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Nos levantamos por la mañana sanos y descansados, con ímpetu por seguir rebuscando entre las tribus. Pusimos rumbo a la mítica ciudad de Nazareth, crucando los flamantemente estrenados túneles del Carmel, construidos por los chinos (si, aquí también llegaron, aunque se mantienen en la retaguardia de grandes pasteles como esta obra). Que maravilla: hay un peaje caro a la entrada. Ahora si nos sentimos como en casa (Abemus Abertis). Aquí todo está a tiro de piedra, así que en nada nos plantamos en la ciudad de María y José, que alberga la Iglesia de la Asunción y no sé cuantas paraditas religiosas más. Aquí son todos árabes, también mayoritariamente cristianos, y el centro urbano anexo a la ciudad antigua es algo más transitado, ruidoso y desprolijo que Aco. Lo olvidaba: la propaganda política de las pasadas elecciones sigue apostada  en todo el país. Así que estos distritos siguen inundados. Estos comicios supusieron un punto de inflexión para el 20 % de población árabe israelí, ya que por primera vez todas las fuerzas políticas de este sector –islamistas, comunistas y nacionalistas- se unieron en una lista conjunta, cuyos carteles electorales todavía inundan sus barriadas. Ahora son la tercera fuerza política de la Knesset (Parlamento). Está por ver si el dato supone un cambio real en su status dentro del Estado hebreo. Resumiendo: los árabes viven y trabajan relativamente bien, pero se sienten discriminados por la simbología nacional israelí.

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Nazareth, por ahora, está tranquilo. Imaginamos que estos días, en semana santa, será un desfiladero de feligreses internacionales. Nosotros pudimos recorrerla en relativa calma. Entre todo, destacamos los curiosos frescos de origen español –con su pollo franquista de rigor- y catalán, con su debida moreneta, expuestos en los recatados patios de la iglesia que corona su skyline y alberga la cueva dónde la Virgen María hizo algo que, de nuevo, desconozco. Lo sé: debo ponerme a estudiar más a fondo la historia de las tres grandes religiones. Deberes pendientes.

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Tras almorzarnos un pollo asado en la “Gran Via” de la localidad, sacamos nuestro flamante Fiat a recorrer la sierra del Carmel, residencia de múltiples aldeas drusas, árabes, beduinas y bohemias. Paramos en Dalyat al-Karmel, un fuerte druso de marcado carácter comercial. Los drusos son una etnia y religión aparte, con unos credos y costumbres que en nada se asemejan a sus vecinos. Son graciosos: los hombres acostumbran a vestir unos divertidos sombreritos blancos, lucen enormes y rizados mostachos canosos y, en algunos casos, lucen ojos claros de estilo persa. Mayoritariamente, lucen en sus pueblos banderas drusas e israelíes a la par. Se consideran leales al estado de Israel, que una vez creado garantizó su supervivencia tras años de persecuciones. En general, viven bien. Muy bien. En pocos lugares ves chozas tan bonitas y grandes, con fachadas de un estilo peculiar. Ah, y no se cortan luciendo BMW’s y todoterrenos.
Tomamos café turco en su bazar, viéndolas pasar y tratando de averiguar más sobre su curiosa y desconocida cultura. No tienen desperdicio.

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Seguimos por las pronunciadas curvas de la sierra litoral para recalar en Ein Hod, una pequeña comunidad de artistas bohemios. Bastante llamativo el tema, ya que exponen su obra al aire libre, y en sus viviendas albergan pequeñas galerías y cafés. La tenue luz de la puesta de sol le dio un aire curioso, aunque ya no quedaba nada ni nadie porque llegamos a última hora. A pocos minutos, queda una aldea de beduinos –ahora ya sedentarios- que no alcanzamos a visitar.

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Me tiraría horas contando anécdotas, pero estos apuntes llegan a última hora, dónde volcamos ideas e imágenes de nuestros periplos. Pese a nuestros esfuerzos, os aconsejamos fervientemente que agarréis un vuelo y vengáis a conocerlo por vuestros propios ojos. Sin lugar a dudas, no tiene desperdicio. Para más información, ya sabéis donde encontrarnos.

Paz y amor para todos. Shalom/Salam!

Shabbat shalom, Tel Aviv

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Shabbat shalom, Tel Aviv. Aterrizamos en Israel a eso de la una de la madrugada del Sabbath 28, tras un largo viaje con escala en Kiev. Llegamos en desigualdad de condiciones: yo ya sé lo que me encontraré, Georgina no.  Agarramos un taxi hacia nuestra primera base: el piso de mi amigo Amit Turkaspa, ubicado a pocas manzanas de Kikar (Plaza) Yitzhak Rabin. Un lugar privilegiado, en pleno corazón de la urbe. La plaza rinde homenaje al que fuera, probablemente, el líder israelí que acaricio la paz con los palestinos de más cerca.

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Lo del premio que recibieron de “Smart city” mundial se lo tienen merecido. Descubrimos que hay un wifi gratis que cubre prácticamente todo el centro. Perfecto para comunicarnos con nuestros contactos con facilidad. Nuestra jornada empezó siendo un sabbath caluroso, primaveral, relajado. Bajamos a la plaza a tomar una relaxing cup of capuccino a un bar que nos recomendaron nuestros amables caseros. Un buen modo para iniciarnos en el placentero y extraordinariamente caro hábito de sentarse y vivir la vida en las inumerables terrazas que copan las aceras.

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Si bien el día del descanso en la llamada “ciudad que nunca duerme” no se asemeja para nada a Jerusalén, que pasa a convertirse en una ciudad fantasma, las pulsaciones y el ritmo de la gente se relaja. Más vale, porqué por estos lares tienden a ser unos histéricos. Paseamos a ritmo guiri por Sderot Rotschild, cuna del movimiento arquitectónico Bauhaus, estilo importado por un alemán que promueve las construcciones básicas y funcionales. Una vía peateonal cruza entre los característicos edificios de la “White city”, que en esta jornada se llenan de tranquilos transeúntes. Sobre su césped su alzaron las tiendas de los indignados israelíes en 2011, que llegaron a agrupar a cerca de medio millón de personas contra el desmesurado incremento del costo de la vivienda. Una de las burbujas que no deja de inflarse, sobretodo dónde nos hayamos.

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A ritmo latino, recorrimos la avenida King George, Dizengoff, y fuimos bajando en dirección Yafo. Era el primer día, y era casi obligado saciar mi ansia por volver a comer Humus en lo de Abu Hassen, un árabe de este distrito que empezó con un pequeño y humilde puesto que ha acabado transformando en una verdadera franquicia del barrio. Era tarde, hacia un calor intenso y estábamos hambrientos. Y encima había una cola de media hora: la demanda aquí se dispara en sabbath. Pero mereció la pena. Sabía tan rico como cuando vine con Oli en 2012, y Georgi entendió entonces nuestra compartida fascinación por tan suculento y asequible manjar.

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Con la panza llena uno turistea más satisfecho. Yaffo es de los distritos más atractivos e históricos.

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Uno de los escasos centros urbanos de población mixta árabe y judía. Da gusto perderse por sus callejuelas, en las que conviven mezquitas con sus imponentes fachadas, mercados callejeros de segunda mano, cafeterías dónde fumar shisha y bares modernos repletos de urbanitas a la última moda. Su casco antiguo no tiene desperdicio: ubicado en lo alto de una colina, alberga callejuelas con lugares de culto de las tres grandes religiones, pequeñas galerías de arte que incluso exponen sus obras en los muros exteriores y unas vistas del Mediterráneo exclusivas. Por ello en el pasado fue lugar de paso de tantas civilizaciones y unos de los principales puertos comerciales de nuestro apreciado mar.

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Assaf pasó a saludarnos por la colina, ya que también está por aquí, afincado en casa de Uri –Hadar en hebreo-, que viven en el corazón de Yaffo. Lo bueno de Tel Aviv es que no es muy grande, y prácticamente puedes caminar a todas partes. Y para palpar bien el terreno, nada mejor que recorrerlo a pie. Sorprende la diversidad que uno se encuentra en tan poco espacio: familias de árabes haciendo improvisadas barbacoas en el paseo marítimo, gente de lo más fitness al estilo Copa Cabana, grupos de niggas montándose su fiesta a ritmo de rap, jóvenes progres estirados tomando quintos al sol, el club de los surferos, los rusos con sus peculiaridades, un colgado con unos bafles poniendo electrónico y haciendo bailar a los niños, etc. Todo muy variopinto, la verdad sea dicha.

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Nos vinimos pronto de vuelta a nuestro apartamento, dónde unos cuantos amigos estaban tirados en el sofá agotando los últimos compases del día del descanso. Relajados, tras montarse una fiesta de cumpleaños a lomos de un barquito en la costa. Habían quedado para ver a la selección de fútbol israelí contra el Gales de Gareth Bale. Todo bien, pero no dan dos pases seguidos y les metieron un 0 a 3 sin despeinarse. Lo bueno es ver y entender desde dentro a la juventud de aquí, los que viven el día a día de lo que ellos mismos llaman la “burbuja” de Israel. Porqué aquí la vida, a pesar de su elevado coste, mola mucho si eres joven con ganas de hacer cosas.

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Hoy lo empezamos también a nuestro ritmo y con el mismo plan. Divagar por las calles, perdernos por el imperdible Shuk (Mercado) Ha’Karmel, dónde uno palpa los latidos de las ciudades. Producto fresco y de calidad se combinan con paradas de ropa y souvenirs, entre los incesables gritos de vendedores que ofertan su mercancía con esa sonoridad “gjjjjjjj” tan marcada.

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Hoy, lunes, todo estaba patas para arriba de nuevo. La gente va y bien, arriba y abajo, pero aún así, las terrazas están siempre a rebosar. Te pararías en cada una de ellas, atraído por los suculentos brunch, cafés y cañas que degustan sin cesar los locales. Decidimos parar a comer en el centro del mercado, en un puesto de platillos de carne y verduras asadas que nos obligó a detenernos. Luego descubrimos partes de la ciudad muy curiosas, en los que se alternan fincas derruidas o en mal estado con casitas bajas de lo más chick. Destaca el distrito de Neve Tzedek, al sur, una especio de “Born”: otro de los múltiples espacios resucitados y modernizados, repleto de artesanos, artistas y cafés a precio de oro.

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Y nos dedicamos a disfrutar y respirar las vibraciones desde pleno centro, sentados en la terraza del bar Ozen, un bar-tiendadediscos-sala de conciertos en los que te ponen a los Zeppelin mientras te tomas un 2 Goldstar a precio de una (si enganchas la happy hour de tarde). Vino Uri, con el que Georgi pudo hablar “clar i català” acerca de la vida aquí. Sus orígenes, como se ve y vive el conflicto, nivel de vida y demás. Nos llevó a “su” bar, otro pub auténtico con birra artesanal de los altos del Golan y los Doors sonando a buen volumen. Para cerrar el éxito de nuestra calurosa bienvenida, nuestros anfitriones nos invitaron a cenar en casa. Adí hizo un Shakshuka tremendo –una suerte de pisto de verduras picante con huevos encima-, hicimos unas risas y nos dieron buenos “tips” para continuar nuestra travesía. Los israelíes, una vez te conocen, son hospitalarios. Aquí ya nos sentimos como en casa y ya hemos decidido acabar nuestro viaje volviendo por todo lo alto. Porqué esta ciudad nunca duerme, y queremos comprobarlo.

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Bona nit!