Chilling in the Arava

Estamos agotados. Esto del turismo a mil revoluciones cansa. Ahora mismo, escribo estas líneas desde la zona de relax del bar del Abraham Hostel en Jerusalén. Si, ya estamos en la caótica, disputada y abarrotada ciudad Santa, aunque permítanme que les hable de ella en el próximo capítulo. Hoy haremos valer el dicho de “más vale una imagen que mil palabras”, porque realmente las tomas de la fotógrafa lo valen y hablan por si solas.

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Day Off. Merecidísimo. Nos pusimos en formato “Ein Yahav”, que sería algo así como vivir a ritmo canario. Es lo que tiene pasar las horas en un oasis en medio de la nada, rodeado de palmeras, áridas montañas y mucha tranquilidad. Aquí uno se amolda rápido al tempo de Amnon y Rachel, que tras una merecidísima jubilación (o casi) disfrutan en su soleado jardín de las continuas idas y venidas de sus nietos. Buena parte de la familia Lev vive en la desértica comunidad agrícola, así que los vínculos familiares son muy potentes.
Era el mediodía después del “Seder” de Pesach, y todavía teníamos una tonelada de comida por terminar. Así que de nuevo al lío… Apareció por el lugar el otro primo de mi madre, Asher, que vive en otro “Moshav”, ubicado a siete kilómetros de la Franja de Gaza. Pudimos charlar un rato sobre como vivieron la última guerra este pasado verano. Personalmente, me entristece mucho, más porqué no veo el fin de este conflicto tan viciado y fanatizado.

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En definitiva, pasamos una jornada sin ir arriba y abajo. Disfrutando del atardecer, la puesta de sol y los maravillosos colores que ofrece este desierto, en el que uno siente estar aislado e, incluso, alejado de la efervescencia israelí. Entiendo que tengan pocas ganas de tomar la carretera 90 en dirección Jerusalén.

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Nuestro flamante Fiat escarabajo pone rumbo a Eilat, la más sureña ciudad de Israel, conocida por ser algo así como el “Benidorm” del Mar Rojo. En mis anteriores visitas al país, siempre la evité por las advertencias de los locales de que se trata de una mera ciudad turística. Dado que la reportera gráfica quería sacar a relucir su carnet de buceadora oficial en el Mar Rojo, acordamos que era una buena ocasión para recorrer el resto de la ruta 90 y visitar uno de los fortines turísticos del país.

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La verdad que nos llevamos una más que grata sorpresa. Georgina disfrutó de dos agradables inmersiones con su guía, Noam, mientras yo pasaba una tormentosa jornada de lectura –“El Alquimista”, de Pablo Cohelo-, en una tumbona del chiringuito de la cala de los buceadores, surfistas y jóvenes eilatíes. Bajo el regazo de una sombrilla y con una tranquila banda sonora de fondo, esperé a que la reportera se quitara los trajes de buceo para disfrutar de un rico manjar –hummus tampoco faltó- en los sofás del lugar. Aquí el verano ya llegó por todo lo alto!

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Sobrepasamos exitosamente el lío de las vacaciones de Pesach, ya que las acumulaciones se hallaban en otras playas. Desde la nuestra, divisamos la jordana ciudad de Aqaba, al otro lado de la frontera, coronada por una inmensa bandera de su país. Y a pocos kilómetros de nuestra ubicación, dirección norte, teníamos el paso fronterizo de Taba, para pasar al vecino Egipto. Años atrás, ambos países eran destino turístico para muchos israelíes. Actualmente, los revuelos de la región han cambiado las tornas, y el tránsito hacia ambos países, con los que Israel firmó la paz años atrás, es prácticamente nulo.

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Nos despedimos de Ein Yahav –siempre es una pena, pero sabemos que volveremos-, y nos fuimos a coronar Masad’a. Para los que desconocen su historia, se trata de un antiguo poblado de la época del Segundo Templo, en el que el último batallón de luchadores judíos resistió la invasión del imperio romano. La leyenda dice que terminaron suicidándose colectivamente para evitar caer en manos del enemigo, que construyó una espectacular rampa para ascender el monte y conquistarlo. Es imposible explicar con palabras como carajo se lo montaron para vivir ahí arriba del monte, alejados de la mano de dios, sin agua ni lo que comer a kilómetros a la redonda. Pero lo cierto es que, todos lo que habitaron el lugar, acabaron montándose allá arriba palacios espectaculares.

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Como buenos valientes –y para mantener la costumbre de mis anteriores subidas con Eyal y Oliver-, subimos por el “Shvil A Najash” (Camino de la serpiente), una empinada y temida ascensión que, cuando se acerca el verano, es imposible hacer más allá de las 7 de la mañana. El sol, literalmente, te funde. Casi lo logra con nosotros, pero coronamos la cima exitosamente y dimos un paseo por las ruinas del antiguo poblado. Si os interesa la historia, preguntad al amigo Google porqué merece la pena.

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Para festejar, decidimos bajar la ladera y volver a disfrutar las costas del Mar Muerto. Esta vez, dentro del complejo hotelero de Ein Bokek, abarrotado de histéricos israelíes de vacaciones. Impresionante ver como se montan sus campamentos en cualquier trozo de césped, aunque sea a pie de carretera. Parrillas, bafles, carpas, tiendas de campaña, sillas de plástico, tumbonas… todo vale en Pesach. A ver quién la monta más grande. Se juntan todos, desde religiosos a kinkis, seculares, rusos adinerados, yanquis, etc. Pero nosotros, como siempre, a lo nuestro. Disfrutando cada momento.

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La gran sorpresa vino al atardecer. Pernoctamos en un desconocido paraje, Zman Midbar, un “Eco Spiritual Lodge” que hallé en Booking. Estaba cerca de la ciudad de Arad, también en el desierto de la Aravá. Al cruzar su núcleo urbano, se abrieron ante nuestros ojos las colinas del desierto de Judea, algo florecidas por la primavera, con una luz de tarde increíble. Y lo mejor vino cuando vimos un pastor con sus camellos trotando libres por el monte, una imagen que llevábamos días buscando. Nos quedamos fascinados observándolos, conscientes de que estos momentos son difíciles de repetirse.

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Y, al fin, llegamos al paraje. Una carpa-tienda hippie en una colina en medio de la nada, con un ventanal abierto desde el que se apreciaba la tranquilidad del desierto y el Dead Sea. Los inquilinos, unos israelíes algo pájaros, parecían sacados de una película de Tim Burton.

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Coincidimos con un grupo de israelíes, unos izquierdistas de Jerusalén la mar de buena gente. Nos hicieron de cenar y estuvimos charlando largo y tendido con ellos sobre Catalunya, España e Israel. Intercambiamos contactos y esperamos reencontrarnos en un futuro…

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Sin más, os dejamos, que mañana el día pinta intenso y empieza bien prontito. Un abrazo fuerte a todos, nos vemos pronto!

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