JERUSALEM, IF I FORGET YOU…

Jerusalén es, sin lugar a dudas, el más apasionante lugar de esta tierra. La ciudad santa, en eterna disputa, sigue siendo hoy la olla a presión que marca el pulso del conflicto religioso, étnico y nacional que sigue en vigencia en nuestros días. Cada paso, cada imagen y cada piedra tienen una trascendental historia detrás. Guste más o menos, es imposible que uno salga indiferente tras callejear los tan distintos lugares que conforman esta ciudad, construida en las colinas que separan los parajes verdes y mediterráneos del desierto que queda a sus espaldas.

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Nuestra huésped del paraje hippie en medio del desierto ya advirtió a Georgina: “Open your mind”. Es decir, calma y relax. Si ya de por si esta ciudad es un ajetreo, la festividad de Pesach y la Pascua cristiana la terminan convirtiendo en un verdadero bullicio de feligreses crisitianos y judíos venidos de todo el planeta. Para colmo, nuestra llegada fue un calvario. Vamos a una gasolinera a repostar antes de devolver nuestro flamante Fiat –creo que cumplimos el cupo de kilómetros, más no pudimos hacer- y no aceptaban Visa’s foráneas. En la segunda, cargamos pero no nos pasa ninguna de las tres tarjetas. Nervioso, voy a pie a recorrer la ciudad en busca de un cajero y logro sacar cash. Seguimos camino a la sede de “Sixt Renting” y, a punto de llegar, una policía nos corta la calle en nuestros morros. Caos. Estrés. Cláxons retumbando. En esto también son calcados árabes y judíos. Histeria innecesaria._
El calor era sofocante. 30 grados y un sol abrasante. Estábamos hambrientos, cansados y desesperados. La bienvenida fue un verdadero calvario. Tomamos el moderno tranvía que cruza la ciudad por Yaffo Street y nos plantamos en Davidka Square, que alberga el reconocido Abraham Hostel. Aquí estuve en 2012 y es una isla de paz en pleno meollo de Jerusalén, en lugar ideal para backpackers. Le dije a Georgi que le gustaría, y así fue. Staff amable, servicios cómodos y completos, información extensa sobre qué hacer, buenos tours y un ambiente internacional enriquecedor.

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Sin apenas hacer el check-in, subimos la avenida hacia el Merkas (mercado) Yehuda, verdadero termómetro de esta ciudad. En mi opinión, el más apasionante de Israel. Aquí se mezcla la amalgama que habita la parte occidental de la ciudad, la judía. Puestos de comida fresca, cafés, gritos, músicos de calle, mujeres soldado, religiosos, abuelas llenando el carrito… espectáculo garantizado. Perfecto para sentarse en el meollo y comer pinchos de pollo y kebab, acompañados de platillos de ensaladas locales y hummus por doquier, a un precio más que razonable. Logramos tranquilizarnos y estabilizarnos para cargarnos de energía y buen karma. Tomamos café en una soleada terraza en una callejuela anexa, ideal para seguir vislumbrando el mix humano local. El boom de natalidad aquí es espectacular (tened en cuenta que las familias religiosas procrean que da gusto, las familias con 5/6 niños son lo habitual).

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Aprovechamos la tarde para tomar rumbo al distrito de Ein Keren, ubicado a los pies del Monte Herzl, bastante alejado del centro. Desconocía su existencia y me llamó la atención. Hay un curioso monasterio ruso en su colina, y sus callejuelas están repletas de cafés, heladerías y tiendas de artesanía, ideales para un relajado paseo en familia. Aquí ya apreciamos que no éramos los únicos “guiris” que pensamos acudir aquí por estas fechas… Los grupos de turistas con gorras de colores y líderes bandera en mano abundan.

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Luego, dimos un tumbo por el reconocido barrio de Mea Shearim, fortín de los más ultraortodoxos, los Haredim, que habitan la ciudad. Es un mundo aparte. Sus vestimentas, largas y rizadas patillas de tirabuzón, sombreros de copa y en algunos casos peludos son un verdadero choque para el que no está acostumbrado a verlos. Viven una realidad aparte, en un barrio que parece vivir unos cuantos siglos atrás en pleno s.XXI. A la entrada del barrio, los carteles piden respeto por sus costumbres y una vestimenta adecuada. Sus paredes están repletas de enormes posters blancos con mensajes bíblicos. Es curioso: la mayoría de ellos son contrarios al Estado de Israel y al sionismo político, ya que defienden que la nación de Israel solo será establecida a través de la obra del Mesias. Incluso hay posters ridiculizando al ejército, un tema que generó profundo malestar en su comunidad cuando se aprobó una ley para que los ultraortodoxos –como el resto de la sociedad- estuvieran obligados a servir en la armada israelí.

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Aprovechamos para quemar los últimos cartuchos dando vueltas por las callejuelas cercananas a la Zion Square, en la que descubrimos una curiosa tienda de antigüedades y vinilos. Agotados, nos fuimos a nuestra base. Tocaba recargar las pilas que a estas alturas ya están bajo mínimos…

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El día siguiente era uno de los fuertes de nuestra estancia. Nos unimos a un tour organizado desde el hostal. Se trataba de una visita a la ciudad de Hebron, titulado “Dual Narrative Tour”. Se trataba de visitar esta histórica y conflictiva ciudad, ubicada en el corazón de Cisjordania –Territorios Palestinos Ocupados para unos, Judea y Samaria para otros-. A priori, pintaba interesante, ya que se trataba de visitar la ciudad explicada por dos guías: uno árabe palestino y un judío israelí. Cada uno, recorriendo unas partes de la ciudad y ofreciéndonos las tan distintas narrativas que defiende cada bando.

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No me alargaré mucho al respecto, ya que escribiré un artículo sobre ello a la vuelta. Pero lo cierto es que supone un choque muy fuerte. La comunidad judía de la ciudad, cifrada en unos 700 habitantes, está protegida por más de 2000 soldados, apoltrados en colinas, checkpoints, callejones y tejados de la zona H2, el 20% de la urbe bajo control israelí. El resto, H1, está bajo control de la Autoridad Nacional Palestina.
Intentaré reflejar los hechos tal cual nos los contaron, pero las imágenes son verdaderamente entristecedoras. Uno se pregunta cómo es posible vivir una violencia y una separación física tan dura a diario. Y, como en la mayoría de casos, por cuestiones vinculadas a la religión. Más allá de consideraciones personales, el tour fue muy enriquecedor. Gracias Mohamed y Eliyahu pudimos tener acceso a zonas, casas y testimonios muy valiosos, sin los cuales probablemente jamás podríamos haber accedido. El grupo era amplio, ya que el turismo en estas fechas se dispara, pero aún así lo supieron manejar muy bien.

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Para Georgi, fue realmente duro comprobar las consecuencias de la ocupación y el conflicto de primera mano. Yo ya venía más mentalizado, ya que visite la zona de Belén con Oli con una organización pacifista hace tres años. Aún así, la virulencia de Hebrón no tiene comparación. El conflicto está servido en cada esquina.

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Para relajar los ánimos, fuimos a por unas pintas a nuestra vuelta a la ciudad santa, al Bar Records. Un ambiente joven y secular muy amable, a tan solo dos calles de Mea Shearim y a minutos de la Ciudad Antigua. Un buen respiro tras tanta tensión…

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Y el plato fuerte lo reservamos para hoy, el último día. Tocaba callejear por la Ciudad Antigua, que lo alberga prácticamente todo. Por aquí es dónde todas las civilizaciones dejaron sus huellas, se enfrentaron en guerras y, a día de hoy, todavía siguen en ese viacrucis. Hicimos la entrada por el mejor lugar, la puerta de Jaffa. Recorrimos las escasas calles del cuarto Cristiano Armenio, siempre decorado con posters que recuerdan el genocidio del pueblo armenio por parte del Imperio Otomano (aka Turquía de nuestros tiempos). De ahí, recorrimos paralelos la muralla para adentrarnos en el Cuarto Judío, que prácticamente está todo reconstruido ya que quedó en ruinas en múltiples ocasiones tras los conflictos. Pasamos por su cardo, las modernas sinagogas y fuimos a parar a la Western Plaza, que alberga el famoso Muro de las Lamentaciones.

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Hoy estaba abarrotado como jamás lo había visto. Es Pesach y acuden religiosos de todas lenguas y nacionalidades. La fe abruma. Mujeres y hombres lloran ante el mítico muro, vestigio del segundo Templo del Rey David. Justo encima, la Explanada de las Mezquitas, con su dorada y preciosa Mezquita de la Roca, preside el Monte del Templo. Al verlo, uno entiende el porqué del conflicto, todo está tan pegado…

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Como la Explanada de las Mezquitas solo abría al público de 13:30 a 14:30, paramos por las ajetreadas callejuelas del Cuarto Musulmán a tomar café, té y comer hummus y falafel. Este es el distrito más ajetreado, con bazares en cada callejón. Intentamos entrar a la Explanada por una de sus entradas adyacentes, pero solo pueden entrar por ellas los musulmanes (Nota: Ni Georgi con velo al estilo Homeland lo logró). Al final, accedimos por la imponente rampa de madera que se alza junto al muro de los lamentos. Sorpresa: apenas pudimos recorrerla, ya que por motivos de seguridad estaba minada de policía que impedía la libre circulación de los no musulmanes.

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Y entendimos rápidamente el porqué. Hay radicales religiosos judíos que pretenden acceder a ella a rezar, como un grupo de tres jóvenes que así lo hizo. Rápidamente, los veteranos árabes se calentaron, el ambiente se puso tenso, y los jóvenes fueron expulsados por las fuerzas del orden. Las jóvenes los despedían a la salida con gritos de Alá-Huakbar mientras la tensión seguía creciendo.

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Seguimos nuestra trayectoria por la Via Dolorosa –dónde Jesucristo arrastró la cruz-, hacia la Iglésia del Santo Sepulcro, abarrotada de feligreses cristianos de lo más curiosos. Es el santo grial del Cuarto Cristiano. Consideraciones aparte, es una verdadera maravilla y está conservada a la perfección. Apenas se podía andar en sus entrañas, así que tomamos unas buenas fotos y seguimos andando. Salimos del casco antiguo por la puerta de Damasco, desde dónde tomamos un bus palestino para coronar el Monte de los Olivos. Aquí también se han producido innombrables hechos históricos y religiosos. Pero como os suelo decir, mejor buscad en Google…

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Lo bueno es que disfrutamos de una inmejorable panorámica de la ciudad, desde dónde uno realmente comprende y respira el porqué de tanto jaleo. Desde el mirador, un lugar de paz y calma, apreciamos la belleza de Jerusalén, desde un punto de vista exterior y objetivo. La luz era preciosa, pero el viento cada vez hacía más fría e incómoda nuestra presencia. No olvidéis que está ciudad está a lo alto de las colinas, y cuando se gira el clima hace un frío terrible.
Bajando a pie a través del cementerio judío que ocupa la ladera del Monte, caímos en una curiosa Iglésia Armenia –de cristianos ortodoxos-, que en ese momento visitaban fieles venidos de europa del este y Rusia. De nuevo, cada templo con un marco completamente diferente. Nos fuimos satisfechos, porqué así pudimos palpar desde dentro cada una de las religiones presentes aquí.

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Sin más, entramos de nuevo a la ciudad enmurallada por la puerta del León, para cruzarla de nuevo al atardecer y comer en un árabe a precio de oro. Entre este y los vendedores de souvenirs terminamos algo hartos de esta volatilidad de los precios, en los que acabas regateando hasta el precio de un café. No estamos hechos para esto, la verdad.

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Intento resumir como puedo lo que vemos y vivimos, pero se hace imposible. Debo terminar ya porqué es tarde y mañana volvemos a Tel Aviv, para pasar la última jornada y volver a casa. Esto termina. Pero, de nuevo, con la sensación que queda mucho por ver, hacer y escribir sobre esta apasionante tierra. Traigo en la maleta dos buenos reportajes, que en breves espero poder compartir con ustedes.

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Gracias por vuestra atención y espero que lo disfrutéis tanto como nosotros. Mucho amor para todas y todos! Ofer y Georgina.

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