Creta i els núvols inesperats

Parece ser que a la Troika y la Merkel no les gustó un pelo que Alexis Tsipras renueve el cargo al frente del gobierno griego. Tras consumarse el triunfo de Syriza, los poderes fácticos europeos mandaron una horda de molestos nubarrones y bruscos chubascos a tierras helenas que llevan incordiándonos hasta este preciso momento. Amiga Angela: estamos por aquí de vacaciones, danos un respiro!

Nuestro lunes de tránsito empezaba torcido. Esperaba ajetreo: de Gythion (Peloponeso) por carretera a Atenas (5 horas), para tomar un vuelo rumbo a Creta (1hora). Madrugamos, salimos a por el único bus que unía nuestra villa costera de Mavrovouni con Gythion y, de golpe, empieza a diluviar. Rollo tormenta tropical, que nos pilló en bragas. Debía quedarme en el andén para que el bus me viera, así que en un minuto ya estaba empapado de pies a cabeza mientras Georgi se reía de mi bajo cubierto. Para colmo, cuando el bus se acercó pasó de largo, pasó de mi cara. Enojo del copón y percal a la vista. Perdíamos la conexión, el vuelo y todo. Estábamos jodidos. De repente, un honorable anciano sale del supermercado anexo y se ofrece a alcanzarnos a la estación central de Gythion. Última esperanza. Eran las 9:05 y a y 15 partía nuestro autocar.  Nos aferramos y…llegamos en el descuento! Inundados, nerviosos y emocionados subimos en el bus hacia Atenas…Ala hú-Akbar!

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Con prisas, comimos un Souvlaki -bocadillo estrella local, a base de pollo/cerdo, complementos y salsa casera- esperando otro bus al aeropuerto. Respiramos hondo, todo bajo control. Con las maletas y los ukeleles a cuestas, facturamos y pasamos el control. Nueva sorpresa: nuestro vuelo iba con retraso. La venganza de la Troika se consumaba. Aún así, nuestro avión (o avioneta tipo Indiana Jones, más bien), aterrizó sin problemas en la mítica isla de Creta. Todo en orden…hasta que salimos a por el coche alquilado y cae una tromba de agua de nuevo. Bingo: ya estábamos los dos resfriados. Sin más historia, cruzamos con nuestro flamante Fiat Panda –aka Micromachine- la capital cretense, Heraklion, hasta llegar a Amoudara, una barriada guiri de las afueras dónde nos hospedamos. Por suerte, el apartamento escogido es nuevamente un chollo: 30 € la noche entre los dos, cómodo, espacioso y con terraza. Ah, y la familia griega que lo regenta un verdadero encanto. Si venís por aquí, preguntad y os mandamos el contacto.

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Despertamos pronto y esto más que Grecia parecía Escocia. Nubarrones, lluvia gallega y aspecto de Mordor en el interior. Los planes playeros a tomar viento. Pero teníamos plan B: visitar la reconocida región vinícola de Peza, en el corazón de Creta. La guía hablaba maravillas de las factorías locales, que ofrecen recorridos por sus tierras y catas de sus vinos. Sin más, nos paramos en una fábrica en Alagni, aldea de interior de dos calles y una iglesia. Una encantadora lugareña nos explicó sus métodos: historia, métodos de recolección, mecanismos para procesar la uva, botas, variedades locales y anécdotas varias. Una chica muy maja, la verdad. Como seguía lloviendo, nos saltamos el paripé de ver los viñedos y fuimos al lío: nos plantó en una larga mesada de madera y empezó a sacar botellas por doquier. Blancos, tintos, rosados, dulces… que jolgorio. Tened en cuenta que eran solo las 12 de la mañana. Las olivas y el pan que acompañaban la cata no lograron frenar el alegre ciego matinal que nos pillamos. “Que dura es la vida”, nos decíamos el uno al otro con una marcada sonrisa en nuestros rostros. Por error -o bendición compensatoria merkeliana- la tipa sacó un tinto añejo del 2001 que valía un dineral. Como ya estaba ante nosotros, no tuvo más remedio que servirnos una copa y terminar de redondear la sesión. Pagamos 5 € por cabeza y nos largamos.

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Continuamos el plan B en Knosos, otro punto fuerte de la isla. Aquí hay otro gran palacio con grandes columnas y grandes frescos, pero también con una gran hilera de guiris ansiosos por entrar, así como una única avenida repleta de souvenirs. Como las muchedumbres extranjeras nos agobian -y ya los soportamos en la Acrópolis- pasamos de largo. Merecía más la pena ir a buscar al digno de comer. Nos plantamos en la capital, Heraklion, dónde la LonelyPlanet prometía buenos platos en el mercado central. Aparcamos de cualquier manera y pusimos la directa, que ya era tarde y los estómagos rugían. Nos sentamos en un puesto que nos dio confianza, con un anciano cocinero reposado sobre una mostrador-nevera repleto de deliciosos platos del día. En esos momento a uno se le abre un gran dilema, porqué lo pedirías todo. Apostamos por la Musaka, un tomate relleno de arroz y una burguer con queso al estilo local. Calidad precio, un 9. Aquí todo sienta bien, es ligero, con buen producto y cocción fácil (cada vez que escribo me doy cuenta de que deberíamos abrir un blog gastronómico en lugar de uno de viajes).

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Como todavía seguía lloviendo, el casco antiguo de Heraklion estaba a tope: jóvenes universitarios, transeúntes, currantes y la marabunta de guiris que no podían ir a ninguna playa. Tomamos café en una simpática cafetería alejada de las masas, con relajante rembenika (blues-folklore griego) amenizando nuestra estancia. Los cafés se pagan caros, pero son espumosos, sabrosos e intensos. Siempre acompañados de agua fresca y, con suerte, de algún dulce de la casa. Esta gente atiende bien y te cuida. Así da gusto. Vistas las inclemencias meteorológicas, nos apalancamos en el apartamento a hacer el perro, que tampoco está del todo mal. Una ensalada griega, leer, tomar té y a la piltra.

Por desgracia -en realidad no tanta- hoy también nos tocó aplicar un plan B improvisado. Amaneció soleado, pero la cosa se fue torciendo. La maldita Troika no se daba por vencida. Tocaba día de “rally isleño” con nuestro Micromachine, que con suerte pilla los 80 km/h. Eso sí, es monísimo. Tras más de 2 horas bordeando el litoral y serpenteando por las colinas, nos plantamos en las Gargantas de Samaria, un trecking espectacular acompañando a un río que desemboca en el Mar de Libia. Nos equipamos a lo Jesús Calleja, nos motivamos para empezar la bajada y…plas! Cerrado. Casum ronda! Las fuertes lluvias habían provocado desprendimiento de rocas, así que los forestales nos frenaron.

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Plan B: dar media vuelta, recorrer de nuevo la serpenteante carretera repleta de alegres rebaños de cabras y tomar rumbo a Imros, dónde hay otra Garganta no tan imponente pero que pintaba linda. Nos equipamos, empezamos a bajar y se pone a lloviznar. “Ya está, nos rendimos”, decimos. Media vuelta y nos metemos a la Taberna. El lugar pintaba guiri  a priori, pero andábamos confundidos. Nos sirvieron delicias: una suerte de estofado con una pasta local y carne de cerdo jugosísimo; pan tostado con tomate rallado, feta y hierbas; y nuestro tan venerado tzatziki, que lo comeríamos hasta en el desayuno de lo fino que está. Felices, arrancamos el coche y, de nuevo, sorpresa al canto. Una de las ruedas delanteras estaba pinchada. Ya decidimos tomarlo con humor. Con ayuda del tipo de la taberna, colocamos la rueda de recambio y decidimos explorar el sur de Creta, más rural y poco explotado. Disfrutamos las vistas, tomamos café griego vislumbrando la grandeza de nuestro amado Mediterráneo y, tras muchas horas y muchas kilómetros, nos dirigimos a nuestra base.

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Amiga Angela: se piadosa y devuélvenos el sol, que nosotros no tenemos la culpa del desbarajuste griego! Queremos playa!

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