THE SUN SHINES IN GREECE

Catalans, catalanes… quins nervis! Sabemos que estáis todos enganchados a vuestros smartphones y televisores, pendientes del resultado final de las elecciones. A mi lado tengo a Georgi de los nervios siguiendo lo que pasa al minuto. A pesar de que hoy será difícil captar la atención, os instamos a que mañana, más relajados, le echéis un ojo al blog.

Os escribo sentado en un sencillo y amigable restaurante local en Fira, en la volcánica isla de Santorini, dónde como es habitual nos tratan como a sus hijos y nos alimentan con producto local, fresco y riquísimo. Los griegos nos tienen el corazón robado. Llevamos días sin contaros nada, ya que entre conexiones jodidas y excesivas relajaciones playeras se nos ha ido el santo al cielo. Pero intentaré dar un repasillo rápido al asunto. Aún así, en este post se hará valer el dicho de “una imagen vale más que mil palabras”.

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Por suerte, Merkel y la Troika escucharon nuestras plegarias y nos dieron un respiro. Las nubes volvieron a Bruselas, el sol volvió a ser protagonista y nosotros estábamos dispuestos a aprovecharlo. Hicimos valer el slogan de “Mediterráneamente”: arrancamos nuestro pequeño Fiat y viajamos por la pueblerina autopista de Creta sin rumbo definido. Vimos un letrero que ponía “Beach” no sé qué y, sin más, nos adentramos. Pleno al 15. Ante nosotros se abrió una cala rocosa, poco poblada, con un garito de submarinistas, dos o tres chiringuitos, cuatro guiris torrados y un agua azul claro con una temperatura ideal. El resto, podéis imaginarlo: plancharse al sol, leer y dormir en bucle. Que jodido será volver a la vida real…

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Elegimos restaurante al azar, aunque de antemano sabes que aquí no hay fallo. Berengenas fritas (como me las hacía mi querida Encarna, desde aquí te mando un abrazo!), queso fundido y exquisitos calamares rebozados. Pero no congelados de bolsa, calamar real. Café griego, postres y chupito  de licor casero invita la casa. En total…20€. Cada vez nos indignamos más que nuestros chiringos playeros del Maresme, que tomen nota!

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La siguiente jornada fue más de lo mismo, pero aún mejor. Salir en ruta al azar, conducir a la “griega” (es decir, como te salga de ahí) y parar en una playa. Esta vez, se llamaba “Bali”. Era un paraíso, a la vez inundado de guiris. Como siempre, nos hicimos fuertes y nos alejamos de las masas, adentrándonos entre rocosos acantilados en busca de la preciada soledad. Las fotos son para enmarcar. Comimos todavía mejor que el día anterior, ya que me anime a probar el cordero en salsa de tomate y bese el cielo. Nuestros cuerpos están dando palmas!

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Ayer tocaba cambiar de isla. Devolvimos nuestro Micromachine y tomamos un ferrie rumbo a Santorini, una de las mejores joyas del país. Llegamos con retraso, tomamos un par de buses y nos plantamos en nuestro nuevo apartamento, nuevamente a pie de una extensa playa de arena negra, alejada del ajetreo. Esto es un poco rollo Mallorca/Ibiza: es precioso, pero está terriblemente explotado por el negocio turístico, así que hay que saber moverse. Aún así, jamás hemos sentido aquello de que te están dando el palo. Los griegos son hospitalarios, nobles y agradecidos con sus visitantes.

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El paisaje invitaba a alquilar un ciclomotor y perderse por las serpenteantes y arriesgadas carreteras. En un día, hemos cruzado de arriba a abajo Santorini no se cuantas veces, con el agradable viento refrescando nuestros trayectos. El colofón fue llegar a Oia, en la punta norte, una verdadera perla mediterranea. Puedo afirmar que es el pueblo costero más bonito que he visto en mi vida. Un cadaqués pero mejor. Incrustando en las colinas volcánicas, de tonos blancos y azules, con una luz excepcional. Cada paso que das es una foto de postal. Lo mismo debían pensar los ochenta mil japos y yankis que recorrían el pueblo, más preocupados de salir bien en los selfies que en disfrutar del marco incomparable que tenían ante sí.

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Nosotros, a lo nuestro. Nuestras quechuas y el desparpajo que nos caracteriza distaban mucho del lino, los polos y el postureo de los otros turistas, que copaban las maravillosas habitaciones con piscina que descendían por la ladera de los montes. Menuda envidia nos dieron, eso sí.
El plan era disfrutar al máximo, y ver la puesta de sol desde un precioso muelle a los pies de Oia. Un verdadero lujo.

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Hoy aprovechamos para apurar la gasolina de nuestra pequeña moto, cruzar de nuevo la isla y desayunar en Fira, la capital de Santorini. Café a precio londinense, pero un paseo que merecía la pena. El mediodía y la tarde lo pasamos en una tumbona en la costa de Perivolos, al sur, con un agradable viento que nos ha permitido tostarnos de lo lindo.

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Venga, dejo de daros la chapa. Disfrutad de las imágenes tanto como estamos haciendo nosotros con estos maravillosos paisajes. No os perdáis este país, no os arrepentiréis. No hagáis caso a la Troika: los griegos saben vivir, y sus costumbres y las nuestras son primas hermanas. Cumplidas dos semanas, podemos decir que esta es nuestra casa. Love!

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